viernes, julio 17, 2009

El manual del diálogo argentino


Esa idea del diálogo y su anverso el “no diálogo” tan de moda ahora, nos descubre un interesante surtido de actores y de protagonistas.

El diálogo es un género vivo que atañe a todos los animales y aunque nadie pudo verificarlo, también a los muertos. En una breve clasificación tenemos al “dialogador”, al “dialoguista”, al “dialoguero”, al “dialoguense” y al “dialogólogo”.

El dialogador es el referente básico, el predispuesto. El dialoguista es el entrenado, el de oficio. El dialoguero es el que dialoga al cohete, por vicio.
El dialoguense es el que se cree nacido y criado para el diálogo. El dialogólogo, el estudioso del diálogo. Y como patología ya grave está dialogomániaco; el maniático enfermizo del diálogo. Aquel que sin que nadie lo invite dialoga en las colas del banco, en el ascensor, en la parada del colectivo, y con cualquier desconocido y en cualquier parte.

El que dialoga en sueños es el “dialogonírico” o “dialogosonámbulo”. Y el que dialoga en la cama cuando hace el amor es el dialogosexual. Si se excede se convierte en diálogointerruptus.

A pesar de todas estas variaciones y estilos hay diálogos imposibles. Por ejemplo el de Menotti y Bilardo. O el de Mirtha Legrand y un invitado inteligente. O el de Gualeguaychú y Botnia, o el de los Derechos humanos y la señora Cecilia de Pando.
Tampoco pueden dialogar el ingeniero Blumberg y el garantismo, ni la nueva ley de radiodifusión y el grupo Clarín, Moria Casán y la finura, y el rabino Bemberg y la prudencia.

Además: ¿Cómo van a dialogar el grupo Aurora con el grupo carta abierta, o el diario Perfil con Página 12; o el ex piloto Piñeyro con los radares que le fallaron a sus malos augurios ? Son inimaginables el diálogo de la verdad con la mentira, el del Riachuelo con la pureza, el de los impuestos y la riqueza, el del infundio con la honra.

Y el de Guillermo Moreno con los precios, el de la soja y el ecosistema, el de la letra K con el abecedario agrario, el de la denuncia y la prueba y el de la justicia y los justicieros.

Finalmente una pregunta: ¿Podrán dialogar los argentinos entre sí, sin barbijo ni aprensión por intercambiar ideas opuestas?

El diálogo más imposible es el que más se usa: es el del que dialoga con el que no dialoga. Los argentinos de mejor diálogo son los que están enterrados.
No se hablan ni se escuchan.

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