jueves, octubre 22, 2009

No hay palabras suficientes*

I. de la Paz y Elizabet Rodríguez • La Habana
Fotos: Idania Trujillo y Archivo de los testimoniantes

Sobre la Guerra Civil Española se ha escrito profusamente. Su significación desbordó las fronteras de la propia España y, aunque durante un largo tiempo, aquella guerra fue condenada al olvido, como dijera el poeta uruguayo Mario Benedetti siempre “el olvido está lleno de memoria”. Más allá de todo lo que se ha escrito y contado sobre el conflicto armado y la participación internacional, las pugnas de poder interno y las apetencias imperialistas, que ensayaron en las aldeas y ciudades españolas su maquinaria de destrucción masiva (cualquier terrible coincidencia con la actualidad que vive hoy el mundo no es pura casualidad) desde los primeros meses de iniciada la contienda, se reunieron en España hombres y mujeres de todos los colores, credos, ideologías y procedencias. Ya en septiembre de 1936 comienzan a llegar los voluntarios de la libertad que integraron las emblemáticas Brigadas Internacionales, un ejército de unos 50 países que, junto al pueblo español, fueron los primeros en enfrentarse al fascismo en la vieja Europa, los primeros en luchar contra un ejército muy superior en táctica y armamentos. Muchos murieron en España; y otros ni siquiera encontraron sepultura.

Diversas fuentes sitúan el número de voluntarios internacionalistas en alrededor de 40 mil hombres y mujeres. Entre esos voluntarios de la libertad se encontraban más de mil cubanos. Salieron en forma clandestina desde la Isla y desde los EE.UU.; algunos se incorporaron a las milicias y luego a las unidades del ejército republicano desde la propia España. Ellos vivieron el horror de la guerra. Los desplazamientos forzosos, la tragedia de los bombardeos, la lucha por la supervivencia, los campos de concentración fueron episodios que jalonaron sus vidas durante aquellos meses de resistencia.
Cuba inaugura el más auténtico y viril sentimiento internacionalista con la República que se distinguió por lo excepcional de su participación no solo en número sino en intensidad.

Jóvenes trabajadores y estudiantes de los más variados sectores, credos y extracción social e intelectuales de renombre se lanzaron a apoyar la lucha del pueblo español.
Viaje a la semilla

Las historias de vida han sido siempre un canal para encender la imaginación, involucrar nuestras emociones, despertar nuestras conciencias. Las historias de vida nos invitan a pensar en quiénes somos, quiénes queremos ser y qué vidas queremos llevar.

A fines de la década de los 90, en medio de la más aguda crisis económica, conocida en Cuba como “período especial”, iniciamos la búsqueda de las historias de vida de casi una treintena de combatientes cubanos que marcharon a España a defender la República. Hoy muchos de ellos han muerto; sin embargo, sus voces y testimonios nos hacen regresar en el tiempo y, como en el rodaje de una película, volvemos a recorrer los escenarios originales de la contienda. Les vemos, otra vez, con el tizne en la cara y el cuerpo, la fatiga del tiempo y de la carne, las imágenes de los muertos y de los vivos, el olor de los olivares, el sabor del vino, las palabrotas, los himnos cantados en la bienvenida y el regreso, los piojos, el odio, el hambre, las dudas, las alambradas, el frío calándoles los huesos.

Cuando los protagonistas de esta historia comenzaron a contarnos sus experiencias de vida, nos dimos cuenta que estábamos ante una de las fuentes históricas más valiosas para la reconstrucción real de un pasado inmediato. Ese pasado, que aparentemente parecía no tener mucho sentido, volvía a tomar vida en personas que lo vivieron.

Asistimos, entonces, a un hecho inédito, preñado de sorpresas y sensaciones dignas de ser reveladas. Es el privilegio de la llamada historia del tiempo presente; pues acontecimientos importantes que ocurrieron hace muchos años atrás siguen completándose en nuestro día a día, podemos hacerles un seguimiento y desentrañar aspectos que parecían olvidados.

Sabemos que el futuro no se hace sin interrogar al pasado y para eso son indispensables los testimonios orales de la gente común: los testigos de una época, es decir, las huellas humanas, las más importantes porque condensan en la memoria el tiempo vivido, las trayectorias personales y profesionales, las expectativas afectivas.

Para reconstruir esa imprescindible participación de los voluntarios cubanos en la Guerra Civil Española nos valimos, precisamente, de la “palabra” como fuente de la historia oral. Los protagonistas: personas sencillas, de variadas procedencias y credos políticos desgranaron sus recuerdos y fue la fuente oral la que nos ofreció la inmensa posibilidad de conocer de primera mano trozos de sus experiencias de vida desde la incorporación a los frentes de combate, los bombardeos, las heridas, el frío, el hambre, la prisión en campos de concentración… hasta el regreso y la vida desarrollada después de la guerra.

Ni el más exhaustivo libro de historia o el ensayo más genial pudo compararse con la tremenda emoción de escuchar los testimonios contados de viva voz por María Luisa Lafita, compañera de Tina Modotti y Antonio Vidali, en los enfebrecidos días de la creación del 5to. Regimiento; el relato conmovedor y excitante de Universo Lípiz, recientemente fallecido, quien dirige un camión de milicianos para irse al Frente de Aragón cumpliendo una orden de Buenaventura Durruti, el líder de los anarquistas españoles; o las anécdotas de Casimiro Jiménez, Isidoro Martínez, José Peraza, Oscar González, Eladio de Paula, José María Fernández, Evelio Aneiros, José López Sánchez, Rosendo Camps, Gaspar González y tantos otros…

Casimiro Jiménez



Ese “viaje a la semilla” de los recuerdos de estos hombres y mujeres nos descubrió un mundo lleno de nuevos significados. Cualquier imagen de su entorno se re-significaba porque las experiencias de la guerra que ellos nos ofrecían resonaban en nuestra mente como un flujo de hechos donde nuestra impresión visual nunca permanecía inmóvil. Tampoco permanece inmóvil la memoria. Ella se alimenta de la Historia y de las historias cotidianas; de los hechos heroicos y de los que definen a cada instante nuestra existencia.

Los relatos —tamizados por una multiplicidad de elementos: edad de los testimoniantes, distancia de los hechos vividos, ruidos de la memoria, dimensión espacio-temporal, combinación entre realidad y sueño-experiencia vivida e imaginada—, fueron construyéndose “nuevamente”, re-significándose para ellos y también para nosotras. Las imágenes, la narración misma, se convirtieron en símbolos profundos, símbolos que no tenían que ver solamente con lo racional, sino también con esa parte intuitiva, emocional y psíquica del ser humano.

Para que no muera esa memoria

España bajo las bombas, en nuestro viaje imaginario, gracias a los recuerdos narrados por estos hombres y mujeres había pasado de ser un concepto metafísico e ideal para convertirse en un fenómeno físico, real. Nada es más extraordinario que ver imágenes a través de lo que se escucha. Es como ponerse otra piel. Así imaginamos la trágica evidencia de la Madrid asediada, los escenarios de la lucha callejera, con sus barricadas, sus edificios dañados, las huellas de sangre y horror. Lo bello, lo horroroso, lo bueno, lo malo, la existencia cotidiana, tumultuosamente febril de aquellos días, meses… Y nos imaginamos también a Pablo de la Torriente Brau, excepcional cronista y participante él mismo en la defensa de Madrid: “Ahora, mientras escribo, las sirenas de las fábricas, por tercera vez en el día dan el aviso de la amenaza de los aviones. La gente se asoma a los balcones para verlos […]”. Y continúa: “Por los Cuatro Caminos, una barriada populosa y popular, las bombas destrozaron tranvías llenos de público. El día fue extraordinariamente duro en algunos lugares del frente madrileño […]. Ayer, por casualidad, sentí otra de las emociones de la guerra. La de estar en Madrid como un miliciano más”1.





Durante las largas horas de charla, compartimos no solo las memorias y anécdotas de la guerra, sino las angustias ante las enfermedades y achaques provocados por el paso del tiempo; la emoción ante la sorpresa de algún detalle aparentemente olvidado o esa cubanísima taza de café que llegaba, muchas veces, en el momento menos oportuno, pero también más agradecido, de la conversación.

Todos esos instantes, especie de rituales del espíritu, marcaron también nuestras vidas y experiencias personales con los protagonistas de esta historia. Con el tiempo no sabemos bien quién sedujo a quién. Tal vez e inconscientemente ellos se dejaron seducir y nosotras, en abierta complicidad, accedimos al juego de la palabra. Una palabra recogida y muchas veces escuchada, deliberadamente confirmada, reconstruida; a veces soñada, pero nunca alterada.

Te digo que es bello vivir…

“Salí para España en mayo de 1938”, nos dice, mientras su mirada queda atrapada por la luz. El sol toma asiento en la sala de la casa como un viajero que no tiene boleto de vuelta. Es agosto y es verano, verano caliente de 1998, y Casimiro Jiménez Medina no esconde temores cuando una le pregunta, así, a rajatabla sobre la guerra de España, y sobre esas huellas que le calaron hondo en los huesos y en el alma.


Casimiro Jiménez


Pero Casimiro vive en Regla, un sitio que no ha logrado disimular su vetusto aire de pueblo acorralado por el tiempo. Y vivir en Regla es como estar más cerca de los recuerdos. Al menos eso pensamos cuando comienza a contarnos sus memorias:
“Nací en Los Pocitos, un barrio de la ciudad de Santa Clara, el 11 de junio de 1911. ¡Miren cómo ha llovido desde entonces! Me quedé huérfano a los siete años. Mi madre murió de tuberculosis. Y me fui a vivir con unas tías para un central azucarero que se llamaba San Antonio. Con nueve años comencé a trabajar en el central como narigonero. ¿Saben qué es? El que coloca los narigones a los bueyes.

“Siempre fui muy inquieto, me gustaba aprender y era muy preguntón. En el ingenio me metía en casa de una negrita conga hija de esclavos, porque allí vivían todavía descendientes de esclavos que habían luchado en la última guerra de independencia cubana. Me llevaba bien con ellos. Siempre estaba metido en su barracón porque me encantaba oírles los cuentos de cuando vivían en su tierra, en África. Ellos hacían cada historia… Y así aprendí muchas cosas de las fieras, los leones, sus costumbres, cómo los cazaban. Ellos decían que para sobrevivir tenían que ser muy observadores y conocer todos los sonidos del monte y los hábitos de los animales.

“A finales de los años 20 [siglo XX] fui simpatizante del Partido Nacionalista, el de Mendieta y Roberto Méndez Peñate, que por entonces era el gobernador de Las Villas. Participé en actividades subversivas, ya ustedes saben, poner bombas y esas cosas; pero después me desligué de esa gente y me afilié a la Liga Juvenil Comunista. Ya eso fue por los años 30, cuando la cosa se puso muy dura y Machado arremetió contra el movimiento obrero, los estudiantes, las mujeres, los comunistas… Y en medio de toda esa efervescencia ocurre la caída de Machado, que me coge en Encrucijada, y luego viene lo de la huelga de marzo de 1935, que fue un verdadero fracaso… Mucha gente se decepcionó y otros tuvieron que salir huyendo porque peligraban sus vidas. Y en eso viene lo de España, la Guerra Civil…

“Salí en mayo de 1938, en el Reina del Pacífico. Llevaba una rueda de cigarros y un mazo de tabaco, ah, y una maleta de cartón que en el viaje se partió. Desembarcamos en el puerto de La Pallice, en Francia, y de allí en tren hasta Port-Bou. Recuerdo que cuando llegamos tomamos chocolate y pan con mantequilla. En la vida había comido algo más sabroso que aquello.

“Después nos trasladaron para el Castillo de Figueras. Allí nos entregaron los uniformes, el mío me quedaba inmenso y tuve que cambiarlo. Me incorporo, entonces, a la 15ª Brigada Internacional Abraham Lincoln. Desde que llegué me seleccionaron como tirador de ametralladora. Participé en varios combates: en la toma de Gandesa, en el cruce del Ebro pero siempre en el Frente del Este, en Cataluña…

“En la guerra todo el mundo siente miedo. El secreto está en sobreponerse al miedo. Yo sacaba la cuenta: si tengo miedo me matan, y si no me matan igual; pues entonces, no tengo miedo. Y me lo repetía una y otra vez. Lo que nunca hice fue enterrarme. Jamás en la vida dejé de mirar al enemigo.

“Un obús de mortero le arrancó la pierna a uno de los muchachos que combatían al lado del capitán Ortiz. En ese momento la artillería enemiga estaba bombardeando para lanzar una nueva ofensiva. El muchacho se quejaba a gritos y Ortiz se arrastra para auxiliarlo.

Llega hasta él y le pone un tortor para evitar que se desangrara, le corta un pedazo de tendón con su balloneta; pero empieza a gritar: “¡Que alguien me ayude, que se me muere aquí!”. Yo estaba observando el fuego artillero del enemigo y hubo un momento en que paró, en ese instante, aproveché y agarré al hombre así —pesaba 120 ó 130 libras—, cabeza con cabeza sobre mi espalda y me lo eché a cuestas y Ortiz me gritaba: “Cubano, estás loco, estás loco, no puedes salir así”. Entonces le dije: “Te vas pa'l carajo, capitán” Y arranqué con el hombre. Lo llevé hasta el puesto médico. Recuerdo que iba hablando con él, le decía: “¡Resiste, cojones, resiste!”. Entré por la retaguardia. Y cuando tiro al muchacho arriba de la mesa y le digo al médico: “Aquí está el herido”, me dice el enfermero: “Qué herido, ni qué herido, si este hombre está muerto”. Dígole: “No, no puede ser, si ahora mismo venía hablando conmigo”. Le revisó todo el cuerpo y de la espalda le sacó una esquirla de metralla. Me quedé paralizado, pálido y con los ojos secos. Y lo único que decía era: “No es posible, no es posible, si veníamos hablando y yo le gritaba que resistiera”.

“El momento más triste fue cuando nos dijeron que teníamos que retirarnos. Ahora, fíjense, se acordó por Naciones Unidas que saliéramos todos los voluntarios extranjeros.

Nosotros cumplimos eso; pero Franco no cumplió su parte. Entonces la Internacional Comunista nos dijo que volviéramos a los frentes. El primer día que salimos para el frente, esa misma noche, perdimos la Sierra Pandols y la Caballs… Ya habían dado la orden de retirada pero llegó la contraorden y de inmediato volví otra vez al frente. Cuando subí, el capitán Ortiz, nuestro jefe que era anarquista, un hombre joven, estaba en un hueco totalmente descarnado, había partes de él regadas por dondequiera. Lo reconocí por el rostro. Yo quería mucho a ese hombre.”

¿Qué significó para usted la Guerra Civil?

La unidad entre todos los revolucionarios. No importa de dónde tú fueras, ni de qué color, ni qué ideas tuvieras, lo más importante era luchar contra el fascismo. Cuando miro así para atrás en el tiempo, una de las mejores cosas que hice en mi vida fue ir a España, a pesar de la muerte y de todas las cosas horribles que una guerra deja en la memoria de la gente. ¡Ah, una cosa!, yo no creo en eso de los homenajes…

¿Cómo es eso?

No quisiera morirme así como se muere todo el mundo. Es más, tengo una idea mejor: a mí que me incineren y tiren mis cenizas de la loma Lenin de Regla. ¿Ustedes sabe por qué?, no me gusta eso de las coronas, la gente llorando, la viuda, los hijos, to' ese lío…
Aquellos hombres y mujeres llegaron a España para exponerse por seres humanos desconocidos. Una cuarta parte nunca regresó. ¿Qué fueron a hacer tan lejos, qué les importaba ir a luchar contra el fascismo en España cuando solamente treinta y tantos años antes en Cuba sus padres y abuelos habían sido oprimidos por una metrópoli incompasiva?

Chocolate de Cuba

“Tuve que pasar los Pirineos a pie, porque como era negro no podía ir en ferrocarril como el resto de los compañeros que eran de piel blanca. Yo tenía que pasar a pie por los Pirineos y en ese grupo íbamos como cien voluntarios: franceses, italianos y cubanos. El cruce duró como 12 horas. Ya en territorio español, nos recibió Dolores Ibárruri, Pasionaria. En el Castillo de Figueras nos pasaron por una comisión médica para el reconocimiento habitual. Y resulta que la tal comisión médica dictaminó que no era apto como combatiente porque tenía problemas cardíacos. ¡Qué problemas cardíacos iba a tener yo! Me negué a aceptar aquel dictamen. No vine a España a dar un paseo. Vine aquí a pelear. Bueno, me dijeron que la única opción era reclamar en las oficinas del Partido. Digo, bueno, pues voy al Partido a plantear mi problema. Y así hice. Fui al Partido de Barcelona y expliqué mi situación. Lo que siempre repetía era que no había ido a España en un viaje de placer. Había pasado 12 horas caminando por las montañas nevadas de los Pirineos… Además, con todo el esfuerzo que había hecho la clase obrera en Cuba para costear el viaje y no podía quedar mal. De ningún modo. Yo quería participar en la guerra y nadie me iba a hacer cambiar de idea.

“Un compañero que estaba escuchando la conversación me dijo que la juventud comunista española estaba haciendo un fuerte reclutamiento porque necesitaba unos 200 mil jóvenes para el frente. Inscríbete, me dijo, a lo mejor tienes suerte. No lo pensé dos veces. Rápidamente me puse en contacto y finalmente logré que me aceptaran como combatiente. En ese ejército, vaya, todos eran blancos. Yo era carabinero. ¡El único negro carabinero y además cubano! Conmigo estaba Eulogio Benítez. Los dos estábamos en el mismo lugar.

Pertenecíamos a la intendencia militar, encargada de dar mantenimiento a las tropas que están en el frente. Mi misión era avituallar los frentes, llevar comida, ropa y municiones a las distintas brigadas que estaban directamente combatiendo. Negro y todo me aceptaron en la 179ª Brigada del 51 Batallón, 4ª Compañía de Carabineros. Allí todos eran españoles de distintas regiones…

El comandante me quería mucho. Me decía Chocolate. Los muchachos jóvenes que había allí me preguntaban: —Oye, Chocolate, ¿por qué tú has venido a esta guerra, qué tiene que ver esta guerra contigo? Fíjate, a nosotros nos han mata'o a familiares, nos han bombardea'o las casas, pero tú ¿qué vienes a hacer aquí? Ellos se asombraban. Y yo les decía: —Bueno, vengo a defenderlos a ustedes, que es como defender a todos los blancos pobres y a todos los negros de Cuba”. (Fragmentos del testimonio de Gaspar González)

Gaspar González



Denuncia, dolor, drama, rabia, esperanza traicionada, desolación, muerte, angustia y también solidaridad, humanismo, ruptura frente al orden burgués, sacudida, acción popular, improvisación y rebeldía. Todo esto y más fue y sigue siendo la Guerra Civil Española. Más allá del hecho bélico, de sus orígenes y resultados políticos, ideológicos y sociales, lo que nos ha impulsado a escribir estos testimonios es el drama humano, la experiencia subjetiva de quienes, 70 años después de concluido aquel episodio, continúan re-viviéndolo en sus recuerdos.

Notas:
1-Pablo de la Torriente Brau: Cartas y crónicas de España, Ediciones La Memoria, Centro Cultural Pablo de la Torriente Brau, La Habana, 1999, p. 208.

Este material forma parte de un libro en preparación que recoge más de 12 años de investigación de las autoras recopilando testimonios, fotos y documentación sobre la participación de cubanas y cubanos en la defensa de la República Española.

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