lunes, octubre 19, 2009

Exploraciones sobre las conexiones de la ciencia con la ética y la política (Parte I)


viernes 16 de octubre de 2009

Manuel González Ávila (Desde Guatemala. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Resumen


La ciencia siempre tiene formas de contacto o traslape con la ética, la estética y la política. En el mundo actual están mutuamente infiltradas, complementadas y, a veces, enfrentadas. Muestran manifestaciones concretas del carácter inextricable que tienen entre sí. A pesar de ello, no son lo mismo. Los propósitos esenciales y los procedimientos son diferentes para cada cual. La ética, la política y la ciencia poseen distintivos cada una que les son inherentes y las constituyen. En las actividades científicas concretas subyacen conceptos que en forma de supuestos fundamentan los proyectos, ya sean éstos de investigación, educación, divulgación o conducción institucional en áreas académicas. Muchas veces quedan sin ser abiertamente discutidos, no obstante que el sacarlos a luz ayudaría a esclarecer los alcances de la ciencia, entre ellos los relacionados con la ética y la política. Varios de estos supuestos son discutidos aquí en un marco que resalta las relaciones de apoyo mutuo y que al mismo tiempo comparten la ciencia, la ética y la práctica de la democracia.


El desarrollo necesario en los países latinoamericanos es un tipo de desarrollo centrado en las necesidades e ideales de las personas, como individuos y como sociedades, que toma en cuenta explícitamente los aspectos éticos, las aspiraciones y el bienestar material en todas las opciones que presentan los miembros de la sociedad. El que deseamos es un desarrollo legítimo, integral y sostenible. Para impulsarlo es fundamental que nuestros pueblos se apoyen en el ejercicio de la filosofía y la ciencia, junto con otros procesos con los cuales construimos la legitimidad. Las universidades coherentes con el contexto y la historia son imprescindibles en este proceso.


Presentación


Las bases, las imágenes y los procedimientos que han servido a la humanidad para desarrollar el conocimiento han variado en el transcurso de la historia. No hay nada que extrañar en ello. Resulta mucho más difícil argumentar en contrario: no podría sostenerse que la ciencia, la racionalidad y, en general, las maneras de concebir la producción del conocimiento se hayan mantenido inalterables durante siglos, pues se trata de procesos humanos, históricos. En la ciencia –ya sea que los marcos generales del trabajo científico se llamen programas de investigación como lo hace Lakatos, paradigmas como Kuhn, tradiciones como Olivé y otros, o simplemente perspectivas– lo que se ve como una constante, en medio de la complejidad propia de lo humano, es que la búsqueda de conocimiento desde la racionalidad tiene ciertos elementos característicos y altamente estables. Algunos de ellos no sólo han distinguido a la ciencia con respecto a otras empresas, sino que además le dan una buena parte de su permanencia y credibilidad, ya sea en beneficio general de la humanidad o para el bien de algunos a pesar del daño a otros, como también puede ser el caso. Trataré de sostener mi argumentación sobre tales elementos que son comunes a las diversas maneras de entender la ciencia, sin separarla tajantemente de la filosofía, actividad con la que comparte el compromiso de la racionalidad.


Las reflexiones sobre las relaciones de la ciencia con la ética y la política pueden ser desarrolladas desde diferentes posiciones. Una es desde la visión dirigida hacia el interior de la ciencia misma y sus productos –conocimientos, visiones, intereses, credibilidad, acciones–, de manera que el foco de la atención es el poder de la ciencia, lo cual abarca las deliberaciones sobre cuáles son las fuentes de su fortaleza, las maneras como podemos acrecentar la capacidad y fortalecer la presencia de la ciencia, en general o en proyectos de investigación particulares. En este sentido, podemos estudiar dicha relación según la capacidad que tiene, o puede tener, la ciencia para contribuir a la humanidad o a una sociedad determinada. Aquí necesariamente debemos aludir a todos los productos científicos, ya se trate de comprensiones sociales, explicaciones sobre la naturaleza o desarrollos tecnológicos. Además debemos referirnos a los significados de los productos científicos y el sentido en que aportan al desarrollo humano, incluidas las comprensiones acerca del poder.


Un segundo enfoque es el conjunto de aportaciones que podemos hacer como ciencia sobre el poder, incluyendo las apreciaciones sobre los procesos políticos y sus múltiples formas. Los focos de atención pueden ser la estructura social, las culturas institucionales, la violencia, la construcción de percepciones sociales e identidades, el poder mismo y muchos otros. Dicho sea de paso, las indagaciones sobre el poder, así como otros procesos sociales de mucha importancia actual como, por ejemplo, la corrupción y la violencia, exigen de los investigadores el empleo de métodos mucho más amplios que los que pueden dar los moldes empiristas.


Una tercera posición es la que coloca el foco de atención sobre las influencias que sobre la ciencia pueden llegar desde la política, el mercado, la religión y otras actividades humanas. Este punto de vista merece mucha atención en virtud de los riesgos, traducidos en pérdida de la credibilidad, que aparecen cuando intereses ajenos a la búsqueda del conocimiento se infiltran y desvirtúan a la misma ciencia en procesos de descomposición. No sólo la ciencia pierde credibilidad como actividad humana en ese caso. También la pierden las instituciones que tienen responsabilidades en el cultivo y divulgación de la ciencia, como las universidades, los ministerios de educación y las instituciones culturales. En este caso, la argumentación sobre bases éticas toma mayor importancia. Nos referimos a esta tercera posición como el poder (o los poderes) sobre la ciencia. Adelante expondré algunas exploraciones relacionadas con estas tres perspectivas, con especial énfasis sobre cuáles pueden ser algunos de los elementos que dan a la ciencia su capacidad de contribución y su valor social.


Como puntos de partida podemos plantearnos, ¿qué esperamos de los sujetos sociales insertos en procesos históricos específicos? ¿Que actúen hacia qué proyecto social? ¿Que ofrezca opciones con dirección a qué sociedad en el futuro? Para ello, a la luz del pensamiento actual sobre la ciencia y el conocimiento, ¿cómo entendemos la realidad y el conocimiento y cómo llevar los conocimientos a la práctica? ¿Cuáles son los retos que anticipamos como los más difíciles para contribuir desde nuestras capacidades a cimentar aquellas nociones de ser humano y sociedad que sean las menos autodestructivas y que ofrezcan las mejores opciones en términos de desarrollo humano? ¿Qué es lo importante de la ciencia para enfrentar esos retos? Y en cuanto a los procedimientos, ¿cuáles son los medios políticos que guardan mejor coherencia con respecto a los ideales del desarrollo humano? ¿Cómo se relacionan estos con la ciencia?


La ciencia, la ética, la estética y la política están mutuamente infiltradas, complementadas y, a veces, enfrentadas en el mundo actual. Diariamente vemos manifestaciones concretas del carácter inextricable que tienen entre sí. A pesar de ello, no son lo mismo. Los propósitos esenciales y los procedimientos son diferentes para cada cual. La ética, la política y la ciencia cada una poseen distintivos que les son inherentes y las constituyen. Es necesario decir esto ante posturas recientes que sostienen que son lo mismo o que valen igual. Frente a ellas, sostendré que la ciencia tiene valor –por lo que el conocimiento vale por sí mismo y por lo que sirve al individuo y a la sociedad– de diferente manera, por diferentes razones. En esta presentación mencionaré algunos de estos distintivos, haciendo especial referencia a la ética y la política.


Supuestos en la ciencia


En las actividades científicas concretas subyacen conceptos que en forma de supuestos fundamentan los proyectos, ya sean éstos de investigación, educación, divulgación o conducción institucional en áreas académicas. Muchas veces quedan sin ser abiertamente discutidos, no obstante que el sacarlos a luz ayudaría a esclarecer los alcances de la ciencia, entre ellos los relacionados con la ética y la política. Algunos son estos:


1. Las personas mantienen relaciones que les constituyen socialmente en sus particularidades y formas compartidas de vida, para lo cual usan ciertos discursos. Por medio de ellos expresan sus intereses, intenciones, conocimientos y cosmovisiones. Esos marcos les sirven para actuar e intervenir en procesos sociales. De tal manera, nos conducimos en la vida, según la dirección de nuestras intenciones, de acuerdo con el sentido que tenemos de nuestros propios procesos y los de nuestro entorno en un contexto general de oportunidades, riesgos y posibilidades. Uno de los elementos más poderosos para construir el sentido es el conocimiento y uno de los tipos más confiables y creíbles de conocimiento es el conocimiento científico. El eje de su fortaleza es la racionalidad.
2. Racionalidad no es sinónimo de lógica formal. Significa mucho más pues incluye los marcos generales por los cuales comprendemos el mundo, la vida y nuestras relaciones con los demás. Incluye lo que nos parece bien o mal, es decir, la moral, y las perspectivas estéticas, con lo cual vislumbramos que conlleva intuiciones y afectividad. Se habla de racionalidad con sentimiento. Aquí hay un elemento trascendental: la racionalidad hablada nos permite construirnos juntos unos con otros para constituir comunidades y naciones, por medio de nuestras explicaciones sobre cuáles son nuestros puntos de vista, nuestras necesidades y aspiraciones legítimas. En sentido opuesto, también podemos escuchar el discurso racional engañoso, pero contra éste tenemos un recurso formidable en la racionalidad contextualizada que toma en cuenta los intereses de todos los involucrados.
3. Lo anterior hace explícito que el conocimiento científico no es la única vía por la cual generamos comprensiones acerca del mundo. Además de la ciencia, legítima y éticamente lo hacemos por medio del arte, la filosofía, el conocimiento empírico, el conocimiento construido en círculos democráticos y dialógicos, las tradiciones y otros procesos culturales y, muchas veces, prejuicios. Y además en forma ingenua o por intereses estratégicos en el sentido habermasiano incorporamos también engaños, falsedades, falacias, supersticiones y confusiones. Ante la diversidad de modos de conocer, no es aceptable hacer comparaciones generales –en el sentido de establecer jerarquías– relacionadas con las maneras de producir conocimientos. Puede ser equívoco, por ejemplo, sostener en general que la ciencia o el conocimiento empírico es más o menos valioso uno con respecto del otro. Cada cual tiene valor según el contexto y el caso concreto que observamos. Tampoco es aceptable que alguna de las dichas maneras de producir conocimientos tome para sí una calidad constitutiva que corresponde a otra, una que no le es propia, para hacerse parecer más aceptable que lo que realmente es dada la situación concreta. No es aceptable, por ejemplo, que una narración ficticia adopte una imagen “científica” para hacerse pasar por verdadera, es decir, insinuarse engañosamente como veraz amparándose en el prestigio de la ciencia. O de manera análoga, que descuidando el contexto apliquemos conceptos de una ciencia particular en otra, como es el caso de lo que plantean Sokal y Bricmont con respecto a las extrapolaciones desde las matemáticas y la física a las ciencias humanas que siendo indebidas resultan engañosas. Por estas razones, es necesario que para comprendernos pongamos en términos claros cuáles son las bases de nuestros argumentos.
4. La capacidad de la ciencia para generar conocimiento y sentido necesariamente hace a ésta entrar en conflicto con ideologías y formas de pensamiento que disputan con la ciencia la credibilidad de los conocimientos e imágenes que tienen importancia intersubjetiva. Algunas ideologías han intentado (o intentan hoy) conducir el pensamiento y las acciones de personas y pueblos con el propósito de cultivar determinados intereses particulares. Las presiones que buscan la hegemonía ideológica, la guerra y la promoción del consumismo son manifestaciones de ellas. El conflicto de dichas ideologías con la ciencia –o con la racionalidad en general– ha llevado a variadas respuestas, a veces con la intención de reducir el valor del conocimiento científico, ya sea en general o con respecto a un sector particular del conocimiento. Entre ellas podemos citar los intentos por reducir la credibilidad de la ciencia mediante relativizaciones que sin matices han propuesto, por ejemplo, colocar a la ciencia como un relato más, sin mención de sus métodos y ni de las razones que tiene para dar cuenta de la credibilidad que ostenta. Otros ejemplos podrían verse en los cuestionamientos abierta o veladamente dirigidos desde perspectivas empiristas llevadas a extremos para desacreditar las ciencias sociales.
5. Aunque el concepto de ciencia y las formas de practicarla han cambiado con el tiempo, se sostiene una cierta unidad de los principios con los que la ciencia vincula las formas de practicarla con ciertos ideales y comportamientos considerados deseables. En estos principios reside la fortaleza de la ciencia, sus logros y su credibilidad. Los principios se constituyen como puntos de reflexión en la educación y, además, sirven como guías para la realización del trabajo científico concreto al cual impregnan. Indudablemente no se cumplen siempre en las actividades científicas concretas, pero continúan siendo las directrices que dictan las pautas de lo que está correctamente ejecutado o no. Esto es substancial discutirlo porque en la ciencia, como en otras prácticas humanas, ha habido también descuidos e intereses egoístas. Estos han dado lugar a ataques al pensamiento científico en general. Con esto en mente, podríamos usar el conjunto de los principios para evaluar la calidad de un proyecto o informe particular. La idea de “aproximación a la realidad” ya sea que dicha idea se exprese en términos de verdad, veracidad o sinceridad es un criterio cardinal, largamente sostenido en la ciencia, al igual que la disposición para exponer los métodos por los cuales busca el conocimiento a la crítica y la reflexión abiertas. Relacionado con esto, la anuencia de abandonar un concepto a favor de otro que cuente con mejor fundamento argumentativo o probatorio es también una particularidad propia de la ciencia (y la racionalidad). La reflexión filosófica comparte en cierta forma algunas de las mismas preocupaciones que tiene la ciencia.
6. Algunos supuestos sobre los cuales descansa la pretensión de veracidad de la ciencia son estos:


• la autorreflexión con sentido crítico dirigido hacia el propio proceso investigativo
• la legitimidad de los problemas estudiados
• la coherencia y fundamentación epistémica, teórica y metodológica, incluyendo la coherencia entre las premisas, los procedimientos y todos los pasos implicados
• la firmeza del apoyo en las fuentes
• la fortaleza (lógica) argumentativa
• la disposición para someter la perspectiva, los argumentos y los métodos a la crítica
• la disposición para sustituir un concepto por otro que tiene un mejor fundamento
• la divulgación clara, incluyendo los métodos y resultados, e íntegramente expuesta y divulgada con amplitud en los medios sociales y de comunicación que competen


Estos principios se encuentran en los productos científicos que tienen valor reconocido. Otras actividades humanas creadoras de sentido no tienen pretensiones similares, al menos no el conjunto de principios que he sugerido. Es básico reconocer que entre los postulados generales de la ciencia y la filosofía actual está que estas dos actividades humanas son capaces de criticarse a sí mismas, a su teoría y a su práctica, y de exponer cuáles son los métodos que siguen para producir o construir conocimiento. Ambas formas de indagación aspiran a tener un alto grado de veracidad y credibilidad –y se esmeran en demostrarlo exponiendo sus lógicas, procedimientos y resultados a la divulgación pública. Sumado a lo anterior, hay también valores que son usualmente reconocidos entre los principios por los cuales orientamos la educación sobre la ciencia y la filosofía. Entre ellos están la justicia, la libertad, y la calidad. Igualmente, cuando estimulamos el aprendizaje en los jóvenes sobre la ciencia y a la filosofía también animamos aspiraciones, como el desarrollo humano y la sostenibilidad. Lejos de esos principios están las acciones de aquellos que, en nombre de la ciencia, la filosofía o el conocimiento en general, han optado por la dominación de otros por medio del sometimiento hasta lograr la sumisión, el despojo de la dignidad humana y la hegemonía.


1. Ocasionalmente escuchamos cuestionamientos que tienden a desprestigiar a la ciencia con base en señalamientos sobre la inmoralidad de algunas acciones, o de hasta grandes programas. Es cierto que han existido errores en proyectos particulares, a veces con franco menosprecio a la vida o la salud humanas. Abundan los ejemplos. Sin embargo, es necesario hacer de nuevo una aclaración en relación con la moralidad en la ciencia. Es evidente que los elementos éticos y morales de una iniciativa científica deben ser cuidadosamente estudiados. Los valores humanos, de la vida en general y del ambiente siempre deben ser respetados. Sin embargo, la inmoralidad de una práctica particular en la ciencia, no hace “acientífica”a esa práctica. La hace rechazable, denunciable o repudiable. Precisamente por la fortaleza de los argumentos y resultados de la ciencia, ésta posee un potencial grande de causar bien o mal. Sin ser elementos que definen o no la condición científica de una acción, las características éticas y morales inherentes a la acción pueden agregarle valor a ésta, haciéndola justificable o necesaria. O, al contrario, pueden hacerla inaceptable. Ésta es una razón suficiente para tener la precaución de dedicar tiempo y esfuerzo en todos los proyectos de investigación científica, para deliberar sobre los aspectos éticos propios de cada caso particular.
2. Existe una realidad (objeto) que el ser humano percibe y conoce (sujeto). Hay muchas diferentes maneras de explicarnos la relación entre ambos aspectos, objeto y sujeto. La mayoría de las perspectivas actuales plantean una relación dialéctica entre ambos entes que, a su vez, son considerados procesos, no entes inmóviles. La visión previa, ya superada en la filosofía pero no en muchas prácticas, era una dicotomía que presumía separación y “neutralidad” entre el objeto y el sujeto.
3. El ser humano no ha renunciado a conocer o intentar conocer ningún objeto, momento, espacio, o proceso del mundo de lo real, ya sea objetivo, subjetivo o intersubjetivo; del mundo de la naturaleza, el pensamiento o la sociedad. No obstante, algunos han cuestionado, y hasta negado, la aplicabilidad de la ciencia a ciertos problemas de la subjetividad y la intersubjetividad. Tales puntos de vista resultan ser muy inflexibles. Son insuficientes porque no son aplicables a todos los problemas científicos. Exigen el empleo de sólo ciertos métodos considerados idóneos según una ortodoxia que exige la investigación de sólo cierto tipo de problemas. Es evidente que esos puntos de vista responden sólo a algunas –no todas– las perspectivas de la ciencia. Repetidamente escuchamos objeciones al estudio de tal o cual proceso porque “no es medible”. Ante tales cuestionamientos hay que recoger de nuevo los principios que hemos mencionado y recordar que todo lo que existe es estudiable por la ciencia. Cómo se hará el estudio, con qué método, con quiénes, con qué, cuándo, y otros aspectos propios de la planificación y la ejecución, es precisamente el conjunto de subprocesos que competen al investigador o investigadora. La construcción del método particular es parte de su trabajo. Algunos de los problemas de la psicología y las ciencias humanas han sido cuestionados como lo he mencionado, a pesar de que, es justo decirlo, desde esas ciencias se han generado nuevas perspectivas sobre la ciencia misma que abarcan a todos los ámbitos de la realidad. El pensamiento actual sobre la ciencia se encuentra en renovación reflexiva debido, al menos en parte, a los aportes de las ciencias sociales.
4. Algunas formas de entender la realidad y la ciencia, amparadas en identificables marcos empiristas, han tomado auge y se han auto refrendado sin consideración hecha a los supuestos básicos que debieran servir de referencia. Ello ha permitido cierto grado de aferramiento tenaz a verdades absolutas que obstaculiza, y contradice el desarrollo de la ciencia misma, pero a la vez niega la posibilidad de desarrollo de otros proyectos sobre bases racionales. Lo anterior no ha impedido la exploración de nuevas perspectivas sobre la ciencia, algunas de las cuales ofrecen gran potencial para comprender la naturaleza, el pensamiento y la sociedad. Estos procesos hacen ver que el movimiento de la ciencia pasa en la actualidad por un periodo especialmente activo de reflexión. Las discusiones entre las perspectivas de la explicación y la interpretación, el idealismo y el materialismo, el construccionismo y el realismo, así como los nuevos movimientos generados desde la pragmática trascendental, la teoría de sistemas, la epistemología del punto de vista, la lingüística, el cognitivismo y la neurofisiología, y otros más, dan la idea de que estamos siendo testigos de la creación de nuevos conceptos sobre el conocimiento y sus métodos. Estas consideraciones tienen implicaciones para el desarrollo y la aplicación del conocimiento como aporte de los intelectuales desde las bases de la racionalidad.


Autocrítica y desarrollo de la ciencia


Hasta hace poco tiempo, tal vez por los años 1960s, la noción general sobre la actividad científica diría que ésta se trata de realizar experimentos, reunir datos, explicarlos por medio de hipótesis simples y hacer inferencias generalizantes, progresando así racionalmente hacia la verdad. Seguramente con mucha firmeza muchos de nosotros habríamos probablemente descartado como “acientíficas” algunas de las iniciativas que hoy se reconocen con igual legitimidad que la que gozan algunas de las ramas de la ciencia más tradicionales, como la química, las matemáticas y la física. Fue a partir de reflexiones autocríticas sobre el trabajo científico que la noción del conocimiento renovó su propia concepción. Autores como Popper, Kuhn, Feyerabend, Baskhar, Rorty, Apel y Habermas, muchos otros, han promovido esta discusión. Las deliberaciones reflexivas sobre la ciencia en los últimos decenios han traído claridad en varios problemas. En otros hemos tocado la complejidad.


¿Quién hace la reflexión sobre la ciencia?


Sin depender del objeto de estudio, es decir sin que importe si es natural o social, la tarea de pensar acerca el conocimiento mismo y las maneras de producirlo es una actividad reflexiva que se distingue de la práctica social de la ciencia u otra área de la acción humana. Pero el término “reflexividad” puede ser usado en varios sentidos. Según quién hace la reflexión sobre el conocimiento mismo y las nociones que tenemos de reflexión y práctica, podemos distinguir tres puntos de vista de la filosofía de la ciencia .


Un enfoque especifica cómo debemos hacer la ciencia. Es una actividad prescriptiva, reguladora, sobre cómo hay que conducir la ciencia. Sostiene que es una tarea de los filósofos, especialmente los filósofos de la ciencia. El papel regulativo que tiene la filosofía en esta concepción refleja en general una cierta subordinación de las ciencias sociales a las ciencias naturales bajo un panorama positivista que distribuye responsabilidades con criterios formales. Esta visión tiene todavía una fuerte presencia en las instituciones universitarias y organismos nacionales de ciencia y tecnología, y tal vez en algunas organizaciones del ámbito internacional. Ello se advierte indirecta pero claramente en nombramientos de funcionarios, definiciones de políticas públicas de ciencia y tecnología, evaluación de profesores y proyectos, y financiamiento de proyectos de las investigaciones. Esta concepción impone limitaciones al desarrollo del conocimiento cuando en nombre de la noción particular sobre “cómo debemos hacer la ciencia”, y haciendo una aplicación injustificable de criterios de demarcación científica, desaprueba proyectos de investigación que no encajan en la ortodoxia.


Una segunda postura emergió dentro de las ciencias sociales como una reacción al primer modelo. Se asocia usualmente a la tradición hermenéutica, pero tal vez es más visible en la tradición crítica. Muchos investigadores sociales destacados propusieron una epistemología específica de las ciencias sociales considerando a la filosofía de la ciencia social como parte de las ciencias sociales, algo por lo que los filósofos no tienen la responsabilidad. Algunos se resistieron a ser llamados “filósofos” en las discusiones epistemológicas y metodológicas, a pesar de que su reflexión era esencialmente epistemológica, es decir, concerniente a la filosofía sobre la naturaleza y condiciones del conocimiento científico.


El tercer modelo, posiblemente el mejor articulado, sostiene que la práctica de la ciencia y la reflexión filosófica de ella misma no son procesos separados, sino que están íntimamente entrelazados entre sí. Esta noción que empezó con la declinación del positivismo, llevó a muchos a ignorar la división entre la filosofía de la ciencia y el estudio científico social de la ciencia. Se reforzó con la progresiva crítica a los enfoques disciplinarios o monodisciplinarios. En esta perspectiva, el científico no es sólo un ejecutor, sino al mismo tiempo es un filósofo que elabora reflexiones sobre su propia actividad. Aquí hay menor resistencia a la filosofía que en el segundo modelo, ahora ya sin el rol prescriptivo o regulador que se asignaba a ésta. Así, mucho del interés de la filosofía de la ciencia social de hoy no es puramente epistemológico, sino se relaciona con asuntos más amplios incluyendo los procesos de la cognición y el conocimiento en general. Esta forma de entender la reflexión sobre la ciencia ha ayudado a ensanchar los alcances teóricos y prácticos de la ciencia y ha dado ya muestras de ser fructífera.

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