sábado, febrero 13, 2010

Cartas de Thomas Merton


Cintio Vitier
Ilustraciones: José Luis Fariñas
(cedidas especialmente para este dossier)La Jiribilla

I

Respondo con estas líneas y traducciones al pedido que me hizo el joven poeta camagüeyano Jesús Lozada Guevara, quien en su nombre y en el de Rafael Almanza y Carlos Manresa, que recientemente habían descubierto a Father Louis (nombre adoptado por Thomas Merton en la Abadía trapense de Gethsemani, Kentucky), me escribía:

"Me siento invitado a pedirle que publique las cartas que el Padre Merton le escribiese. Hágalo y será un hermoso servicio a Cuba y a los EE.UU. La torpeza y ferocidad de ese gobierno no puede cegar a nuestro pueblo, allí también la santidad es posible. La gente de los EE.UU. debe saber que el fuego también arde en esta Isla y que aquí también Dios es posible. El trapense, los ayunantes de San Diego, Martín y todos nosotros se lo estamos rogando. (La Habana, 11 de marzo de 1996)."

Ya me había referido a las cartas de Merton en las páginas leídas el 25 de enero de 1985 en Managua, con motivo de los 60 años de Ernesto Cardenal,[1]que fue quien me puso en relación con Merton desde nuestro primer encuentro en México, en agosto de 1961. Estábamos todos aún bajo el reciente impacto de Playa Girón y aproximándonos, sin saberlo, a la crisis de octubre, sobre la cual Merton escribiría su condenatoria “Glosa al pecado de Ixión”. Ambas fechas, y sus tremendas resonancias espirituales en nosotros (quiero decir ahora Fina García Marruz, Eliseo Diego, Octavio Smith, Roberto Friol y yo, que entonces trabajábamos, juntos en la Biblioteca Nacional), fueron el telón de fondo de aquella relación epistolar que se extendió hasta finales de 1966.

En la primera carta que recibí de Thomas Merton (7 de diciembre de 1962), él me decía: “es raro. Pero tengo muchos amigos latinoamericanos, porque solo así puede uno ser “americano” de veras: es decir renunciando a ser únicamente “estadounidense”, lo que sería un destino miserable. Pues de eso vienen tantos problemas: del hecho de que tanta gente aquí sea provinciana e ignorante, y no pueda entender lo que pasa allá”. Esta voluntad suya de ser americano integral era para nosotros su rasgo decisivo como cristiano y como poeta. En la misma carta ya me hablaba de Vallejo y de sus amigos de Nicaragua, añadiendo con su gracioso español que oscilaba entre la sorprendente precisión y la frase pintoresca: “estoy casi parte de un movimiento de allá, aunque me quede siempre aquí”. (Sobre el español, que como lector paladeó desde Santa Teresa hasta Vallejo, escribió muy buenas observaciones en las páginas de La montaña de los siete círculos dedicadas a su estancia en Cuba, de la que hablaremos después.)

En cuanto al “movimiento de allá” del que se sentía casi partícipe, tratábase desde luego del vigoroso movimiento poético orientado en la patria de Darío por José Coronel Urtecho y Pablo Arando Cuadra, recogido inicialmente por Ernesto Cardenal en su Nueva poesía nicaragüense (1949). De Cuadra y Cardenal hizo Merton esmeradas traducciones en Emblems of a season of fury(1961), así como del misterioso Alfonso Cortés. El eje de estas relaciones fue cardenal, que en 1957 entró como novicio a la Abadía donde Merton era monje desde el 41. Como traductor de los apuntes que allí escribió Cardenal, Merton lo comparó con los maestros chinos de la dinastía Tang. También tradujo algunos de sus Epigramas, que reflejan la lucha contra Somoza el viejo y constituyen ejemplo de la mejor poesía política de nuestro Continente. Así el poeta revolucionario de La Hora 0, el novicio de Gethsemani, el fundador de Nuestra Señora de Solentiname en las soledades del Lago de Nicaragua, fue para Merton un precioso vaso comunicante.

Supongo que también Cardenal lo inició en Vallejo, sobre el cual escribió una carta memorable dirigida a Clayton Eshleman en junio de 1963, en la que dice que “es el poeta más universal, católico en este sentido (el único real), de este tiempo, el más católico y universal de todos los poetas modernos, el único poeta desde (¿quién, dante?) que es en todo como Dante”, y también es “un fenómenos grandioso, muchísimo más magnífico (en el sentido clásico) que Neruda, precisamente a causa de que es más pobre en todos los sentidos”. Y que “la traducción de Vallejo es no solo una empresa interesante y preciosa, sino un proyecto de importancia verdaderamente grande y urgente para la especie humana”. Y, finalmente, que “Vallejo es un gran poeta escatológico, con un sentido profundo del fin y, además, de los nuevos comienzos (acerca de lo que no se expresa).” Esta última intuición me hizo pensar en los estudios de Juan Larrea, a quien envié copia de dicha carta. Larrea la publicó en Aula Vallejo y Merton me escribió (26 de mayo de 1964) a propósito de ese contacto y de unas páginas mías de deslumbramiento cuando a mi vez descubrí al poeta de los Poemas humanos.

La clave vallejiana, sin duda, permitió a Merton profundizar en su comprensión entrañable de Hispanoamérica. Así en su “Carta a pablo Armando Cuadra sobre gigantes” (1961), uno de los textos más lúcidos e iluminadores, después de analizar los fatídicos sueños de la era nuclear y las apocalípticas relaciones de Gog (el poder) y Magog (el dinero), después de imaginar una combustión atómica de la que solo podrían sobrevivir zonas del planeta pertenecientes a América Latina, Sudáfrica, India (en otras palabras, zonas del Tercer Mundo), observa:


“Si esto ocurriera, sería un suceso de una extraordinaria significación espiritual. Significaría que las culturas más cerebrales y mecanicista, aquellas que han querido vivir más por abstracciones y aislarse cada vez más del mundo natural mediante la racionalización, serán sucedidas por las secciones de la raza humana que ellas oprimieron y explotaron sin la menor consideración ni comprensión para su realidad humana.”

Y añade:

“Característica de estas razas es una perspectiva de la vida totalmente diferente, una perspectiva espiritual que no es abstracta sino concreta, no pragmática sino hierática, intuitiva y afectiva más bien que racionalista y agresiva. Las más profundas fuentes de vitalidad en estas razas fueron selladas por el Conquistador y el colonizador, donde no han sido actualmente envenenadas por él. Pero si esta piedra es removida de la fuente, quizá sus aguas se purificarán a sí mismas con nueva vida y recobrarán su creativo y fecundo poder. Ni Gog ni Magog pueden hacer esto por ellas.”

Remontándose a las raíces históricas y espirituales del conflicto que en nuestros tiempos hace crisis, continúa Merton:

“Una de las grandes tragedias del Occidente Cristiano es el hecho de que a pesar de la buena voluntad de los misioneros y colonizadores, no pudieron reconocer que ‘las razas que conquistaban eran esencialmente iguales a ellos y en algunos aspectos superiores’. Era ciertamente justo que la Europa cristiana trajera Cristo a los indios de México y los Andes, así como a los hindúes y a los chinos; pero donde fallaron fue en su inhabilidad para ‘encontrar a Cristo’ ya potencialmente presente en los indios, los hindúes, y los chinos.”

Lo que falló —glosamos— fue el instinto de los valores precristianos que tuvieron Clemente de Alejandría, Justino y orígenes, para los cuales Heráclito y Sócrates fueron precursores de Cristo. El secreto de mutua incorporación espiritual de la Edad Apostólica se perdió ya desde fines de la Edad Media. En consecuencia:

“Los predicadores del Evangelio para los Continentes recién descubiertos se volvieron predicadores de la cultura y el poder europeos… Omitieron oír la voz de Cristo en los poco familiares acentos de los indios, como Clemente la oyó en los presocráticos. Y ahora, hoy, tenemos una cristiandad de Magog. Es una cristiandad del dinero, de la acción, de muchedumbres pasivas, una cristiandad electrónica de altoparlantes y desfiles.”

Esa incapacidad para entender y amar al extranjero, al extraño, ese desprecio por la voz del “otro”, vino a parar en una civilización de explotadores y turistas. Refiriéndose a sus propios compatriotas, dice Merton:

“Nunca han despertado al hecho de que Latinoamérica es, con mucho, culturalmente superior a los EE.UU., no solo en el nivel de la minoría rica que ha absorbido más de la sofisticación europea, sino también entre las culturas indígenas, desesperadamente pobres, algunas de las cuales están enraizadas en un pasado que nunca ha sido superado en este continente.”

Sentimos que sus conocimientos antropológicos se ligan a su vivencia de Vallejo, cuando, a propósito del turista emblemático de la civilización norteamericana, pregunta: “¿Cómo comprendería que el indio que camina calle abajo con media casa en la cabeza y un agujero en los pantalones, es Cristo?” Palabras de la mayor trascendencia religiosa, humanística, política, y que alcanzan, creo, el más alto nivel del cristianismo en nuestro tiempo.

Pero el conocimiento que tuvo Merton de Nuestra América no comenzó con Vallejo ni con los poetas nicaragüenses de la generación de Cardenal, sino con su visita a Cuba en 1940. De esa visita recuerdo ahora dos testimonios: las páginas que le dedicara en La montaña de los siete círculos (1950), donde se incluyen sus versos a la Caridad del Cobre, y la traducción que nos hizo Roberto Friol de las hojas de su Diario correspondientes al 29 de abril del 40.

Versión contemporánea del género que en el siglo V iniciara San Agustín con sus Confesiones, la mencionada autobiografía abarca 30 años de la vida de Thomas Merton, desde su nacimiento el 31 de enero de 1915 en Prades, Rancias, hasta el día de 1945 en que el Padre Abad de los cistercienses de pronto le dijo: “Quiero que usted siga escribiendo poemas”. El relato propiamente dicho, sin embargo, más bien termina con la noticia de la muerte de su hermano John Paul como aviador en la Segunda Guerra Mundial, el 17 de abril de 1943, y con el inefable poema que entonces le dedicara. Una vida, pues, situada entre las dos guerras cruciales del siglo XX, y que terminaría abruptamente como cumplimiento de las palabras finales del “Epílogo” de La montaña de los siete círculos: “Para que seas el hermano de Dios y aprendas a conocer al Cristo de los hombres abrasados”. Porque, en efecto, de regreso de su viaje al Tibet, donde se entrevistó largamente con el Dalai Lama y los monjes tibetanos, el 10 de diciembre de 1968, el mismo día en que disertó para la televisión italiana sobre “Marxismo y perspectiva monástica”, interpretando estas como rechazo del mundo y deseo de cambio que establecía un inesperado puente entre el monje y el marxista, fue hallado en su habitación, en Bangkok, abrasado por la corriente de un ventilador todavía encendido.

Dentro del proceso espiritual que es el tema de este libro apasionante, insólito viaje de la modernidad hacia la santidad, ya en la Cuaresma del 40 Merton había tomado dos decisiones también insólitamente relacionadas: hacerse sacerdote e ir a un país hispanoamericano, México o Cuba; y esto último, “antes”. Interrumpido el proyecto por una operación de apendicitis que le permitió entregarse a la lectura de Paradiso, de Dante, al fin en la semana de Pascua Florida, pudo viajar a La Habana, donde disfrutó de un verdadero hartazgo de catolicismo latino y popular, sin que las mil tentaciones y estrépitos que lo rodeaban lograran perturbarlo. “Yo vivía”, dice, “como un príncipe en esa isla, como un millonario espiritual.” Es aquí donde hace un alto elogio de la lengua española, de las oraciones que lo saciaban, de las calles con franjas de luces y sombras, de los “enormes vasos de jugos de frutas helados en los pequeños bares, hasta que regresaba a leer a Maritain o Santa Teresa…” Como su propósito era hacer una especie de peregrinación solitaria a Nuestra Señora de la Caridad del Cobre, fue deteniéndose en Matanzas y en Camagüey hasta llegar a Santiago, “montado en un bárbaro ómnibus”.

Los 25 años que entonces tenía se pusieron especialmente de manifiesto una noche en el Parque de la Libertad de Matanzas (presidido por la estatua de Martí, a quien hubiera amado tanto y de quien parece que nunca llegó a tener noticia), donde acabó “haciendo un largo discurso en español mal pronunciado, rodeado de hombres y muchachos, en una multitud abigarrada que incluía a los rojos de la población y a sus intelectuales, a los graduados de la escuela de las padres Maristas y a algunos estudiantes de Derecho de la Universidad de La Habana.” La buena impresión causada por su improvisado discurso sobre la fe y la moral le hizo tan feliz que no podía dormir en aquella habitación de mosquitero y estrellas en la que reconozco el Hotel Louvre de mis propios veinticinco años. En Camagüey disfrutó, leyendo a Santa Teresa, de “las palmeras grandes y magníficas de un jardín enorme que tenía enteramente para mí” (el llamado casino campestre), y de la penumbrosa iglesia de Nuestra Señora de la Soledad. (“¡La Soledad!”, exclama, “Una de mis mayores devociones”). La vista al Santuario del Cobre, donde pidió a “la virgencita alegre y negra” que le alcanzara el sacerdocio a cambio de su corazón y su primera misa, no pudo tener la intimidad que él quería y se fue de la Basílica con la sensación de una conversación interrumpida. Regresó a Santiago. Pero almorzando en la terraza del hotel, añade: “la Caridad del Cobre tuvo una palabra que decirme.” Esa palabra (a la vez “lo que tenía que decirme y lo que yo tenía que decirle”) era un poema, su primer poema verdadero “o, de cualquier manera, el que me gustó más”. Ese poema se titula “Canción a Nuestra Señora del Cobre”. Ernesto Cardenal lo traduce así:


Las niñas blancas levantan las cabezas como árboles,
Las niñas negras van
Reflejándose como flamencos en la calle.
Las niñas bancas cantan con voces altas como el agua,
Las niñas negras hablan con voces hondas como el barro.
Las niñas blancas abren sus brazos como nubes,
Las niñas negras cierran sus ojos como alas;
Los ángeles hacen reverencias como campanas,
Los ángeles alzan los ojos como juguetes,
Porque las estrellas del cielo
Hacen una ronda:
Y todas las piezas del mosaico del mundo
Se levantan y salen volando como pájaros.


De este modo, así como en Matanzas tuvo el signo incipiente de la predicación y en Camagüey del retiramiento, en Santiago recibió el bautismo de la poesía, siempre en esa cuerda cariñosa que Cuba guardaba para él. Pero fue de regreso a La Habana cuando conoció la más intensa revelación mientras asistía al oficio sacramental, prácticamente en medio del estruendo callejero y los gritos incesantes de un vendedor de billetes, en la Iglesia de San Francisco. La magnitud y al mismo tiempo la simplicidad de esta experiencia nos prohíben tocarla con otras palabras que las que del propio Merton en su Diario del 29 de abril de 1940 y en su autobiografía. Baste afirmar que se trata de un suceso espiritual único en nuestra historia. Y decimos “en nuestra historia” porque, aunque ese evidente que tal experiencia (el conocimiento inmediato, iluminación por amor y júbilo) trasciende a toda historia, de algún modo Merton relaciona su posibilidad real en el tiempo con las características más espontáneas y sencillas de nuestro pueblo. No en vano fue la proclamación del Credo que “salía de todos aquellos niños cubanos” la que propició el suceso.

Consecuentemente, una octava más abajo, es decir, más a nuestro alcance, Merton siempre diría que “se ajustaba más naturalmente a la cultura latinoamericana que a la de Norteamérica” y que “el futro pertenece a Sudamérica”; y que: “Por alguna extraña vía, Latinoamérica tiene mucho que ver con mi vocación: no que yo tenga nada que decir a Latinoamérica, sino que tengo mucho que aprender de ella, y nuestra vocación es aprender del otro.”

Sirvan estas líneas de prólogo o ambientación de las cartas que siguen. Como algunas me las envió traducidas a su español defectuoso, he preferido utilizar los textos originales aparecidos en The letters of Thomas Merton to writers. Selected and edited by Chistine M. Bochen. Farrar, Strauss, Giroux, New Cork, 1993, pp. 235-241. Faltan aquí, sin embargo, sus despedidas, que en las últimas cartas, las de 1966, terminaban con lo que más me conmovía: su pequeño nombre manuscrito, desnudo, familiar, fraterno: “Tom”.

7 de abril de 1996. Domingo de Resurrección

II

Cartas

7 de diciembre de 1962

Desde hace tiempo deseaba agradecerle el haberme hecho llegar sus libros con sus dedicatorias. Me honra haberlos recibido, y también las palabras que los dedican. Supongo que temía no poder mandar cartas a través de la trágica hostilidad que divide a nuestros países y que me causa tanto dolor. Aun así le escribo, con la esperanza de que hagamos contacto. Hágame saber pronto si recibió esta carta.

Le pedí a un editor que le enviara un nuevo libro mío titulado A Merton Reader, que contiene muestras de todo cuanto he pensado y escrito. No sé si lo habrá enviado. En cualquier caso, mañana le mandaré por correo un librito y otros poemas para ver si le llegan en forma. Si resulta, le enviaré muchos más.

Dígame si puede leer en inglés. Supongo que sí. A veces no tengo tiempo de escribir en español, lo que requiere más tiempo y esfuerzo, puesto que no es mi idioma natural, aunque me gusta como si lo fuera.

Dígame también si yo pudiera traducir algunos de sus poemas. Creo que es necesario darlos a conocer aquí. Yo ya he traducido muchos poemas del español, sobre todo de Vallejo y de Carrera Andrade. Tengo muchos amigos poetas en Nicaragua; casi formo parte del movimiento de allá, aunque nunca he salido de aquí. Es extraño. Pero tengo muchos amigos latinoamericanos porque únicamente así puede uno ser de veras “americano”: en otras palabras, ser solo estadounidense sería un destino miserable. De ahí vienen tantos problemas: del hecho de que tanta gente aquí sea provinciana e ignorante, y no pueda comprender lo que ocurre allá.

Me gusta mucho su Canto llano, pero también sus pequeños libros de prosa, que continúo leyendo con mucho placer. Siga escribiendo, y escríbame…

1ro. de agosto de 1963

Hoy recibí su carta del 14 de julio y me pongo a contestarla de inmediato, porque no quiero que se inquiete pensando si me habrá llegado. También recibí a principios de año, dos o tres sobres con poemas suyos y de otros, junto con una carta suya. Lamento mucho no haberle contestado entonces: el problema fue que había tantos poemas buenos; yo quería leerlos, y pensar en ellos, para poder dar una respuesta apropiada, y al final estuve tan ocupado que me fue imposible hacerlo. Son muchos los manuscritos y los libros recién publicados que recibo para comentar. Y no es fácil llevar adelante todo. Por ejemplo hoy, en la misma valija que su carta, recibí una antología de poesía polaca que parece muy interesante: pero ¿seré capaz de escribir inteligentemente acerca de ella? También tengo aquí los manuscritos de tres o cuatro libros de poesía que debo comentar. Ya puede ver que ha sido la falta de tiempo la causa principal de mi silencio. Pero lo lamento mucho, pues lo que más deseo es mantenerme en contacto con usted.

Primero que todo, dígale por favor a Roberto Friol que me llegaron sus poemas el año pasado y me gustaron mucho: que lamento lo de su accidente y me alegro que se haya recuperado. Le mandé a usted un libro mío pero no lo recibió. Voy a intentarlo de nuevo con varios libros pequeños y poemas, nada se pierde con intentarlo. ¿Todavía está en contacto con Ernesto Cardenal? Me imagino que sí. Si duda de poder hacerme llegar algo por los canales ordinarios, quizá podría hacérmelo llegar a través de él. Él aún está en el Santuario de Cristo Sacerdote, en La Ceja, Antioquia, Colombia.

No tengo aquí el número 7 de la revista mexicana El Corno Emplumado, pero lo vi a usted en él. Algunos de los poemas cubanos eran impresionantes. Creo que José Lezama Lima estaba también, si no me equivoco. Esta revista y todos los poemas que me envió no los tengo aquí, sino en una ermita en el bosque. Cuando esté allá podré revisarlo todo y encontraré tiempo para decirle lo que pienso. Me felicito de que usted haya querido traducir el poema de Ixión [“Glosa sobre el pecado de Ixión”], el cual fue en verdad una experiencia tan común para ustedes y nosotros que por poco acaba con todos nosotros. Cualesquiera sean las limitaciones y faltas de los distintos gobiernos, lo esencial es que haya algún entendimiento y comunicación entre ellos, y yo considero que EE.UU. ha fracasado lamentablemente en su comprensión de la Revolución Cubana y en su comunicación con quienes la dirigen. Las ambigüedades y confusiones derivadas de esto han resultado muy trágicas.

La Habana será siempre una ciudad muy querida para mí, como lo es todo lo de Cuba. Ciertamente, en La Habana, me fue dado entender con claridad la realidad del misterio cristiano, por la gracia de Dios, y no puedo evitar creer en las profundas potencialidades cristianas de Cuba y de toda Latinoamérica. Nuca podré olvidar las Iglesias de La Habana o el Santuario de El Cobre.

No sienta que las dificultades en medio de las cuales laboran hacen menos significativas sus vidas. Al contrario, los cristianos vivimos en todas partes en una especie de exilio, y es necesario que todos comprendamos esto. El peligro mayor proviene de identificar la Iglesia con un sistema económico y cultural próspero y sólido, como si Cristo y el mundo hubiesen finalmente acordado ser amigos. La Iglesia necesita cristianos de pensamiento libre y original, con nuevas soluciones, y dispuestos a correr riesgos. Es triste que en Latinoamérica el cristianismo tienda a identificarse con la política del Departamento de Estado en Washington. El hecho de que el Presidente de este país sea, en estos momentos, católico, no tiene mayores consecuencias dentro de la política misma del país: esta no la determina la religión, sino el interés de los negocios. La Iglesia está siendo purificada de tales conexiones, pero la purificación apenas comienza. Ustedes no tienen por qué sentir confusión o duda, sino abrir sus corazones al Espíritu Santo, y regocijarse de Su libertad que nadie puede arrebatarles. Ningún poder en la tierra puede impedirles amar a Dios y unirse a Él. Ni tampoco dependen de la devoción tradicional, puesto que el Señor está junto a ustedes, y vive en ustedes. Su Evangelio no está viejo, ni olvidado; es nuevo, y está ahí para que lo mediten. Por su gracia pueden recibir los sacramentos de la Iglesia y alegrarse de estar en el Cuerpo de Cristo. Y tienen a sus hermanos cristianos y a toda Cuba para amar.

…Siga, por favor, escribiéndome, y envíeme poemas, preferiblemente en paquetes postales pequeños, a través de Cardenal. Le envío hoy unos libros, y si no le llegan trataré de mandar algunos por México o Colombia.

Dios los bendiga a todos. Alégrense en la verdad y no teman nada. Recen por mí. Estoy unido a ustedes en la caridad de Cristo y en su espíritu. Todavía quiero traducir algunos poemas suyos y de sus amigos, pero no he tenido tiempo. Quizá más adelante pueda hacerlo, para alguna revista que esté interesada. No vacilen en mandar cosas. Tengo sus magníficos libros…

4 de octubre de 1963[2]

Sí, me llegó su carta y he estado meditando mucho sobre ella, como también acerca de su poema de Cristo y los Ladrones[3]. He estado pensando en silencio sobre estas cosas, muy lejos del ruido de las respuestas y declamaciones oficiales.

Estoy solo con las colinas de bronce y un vasto cielo, y las sombras de los pinos. A veces las sombras cobran vida con mariposas doradas. En todas partes está la inescrutable, gentil y muy silenciosa faz de la verdad. Nada se dice. En este silencio, y en esta presencia, he estado leyendo sus poemas, y los de Fina y Eliseo y Octavio. Y no he podido encontrar los de Roberto [Friol]. Que me envíe él algunos más, y todos ustedes, por favor, envíenme nuevos poemas. Puede que en medio de este silencio demore un poco en recibirlos, pero llegarán. Ha llegado una época en que la publicación de poemas es como esas semillas pálidas que muy leves vuelan en el aire del bosque entre las sombras azules, y van a caer sobre la yerba donde Dios quiere. Estoy convencido de que en nuestra época la palabra impresa no es leída, pero la hoja de papel que pasa de mano en mano es leída ávidamente. Una época de cartas pequeñas, vacilantes, pero serias y personales, y fuera de la insensata dimensión de lo enorme, lo monstruoso y lo cruel.

Me gustó mucho el poema de Fina sobre la Transfiguración[4], posee una grandeza digna y solemne. Me gustaron también los breves poemas de Eliseo, sobre todo, “La casa del Pan”[5], que intentaré traducir en cuanto tenga tiempo (aunque no es mi fuerte cumplir este tipo de promesas: todavía no he traducido ninguno de los suyos, pero lo haré). Y aquel sobre las cacatúas entre la sombra: muy penetrante[6]. “Ánima viva”[7] de Fina es más difícil y debo leerlo más. De Octavio prefiero “Ambas”[8], hasta ahora. Lo siento, no puedo encontrar los de Roberto aquí.

De Ernesto escuché y me gustó mucho su elegía por Marylin Monroe (el triste absurdo y la vacuidad de todo este mundo de acá)

Realmente la lectura de vuestros poemas en este silencio ha sida muy significativa y seria: mucho más que la publicación de nuevas revistas con manifiestos poéticos. He escrito algo para Miguel Grindberg en Argentina sobre “el poeta y la libertad”, pero a veces me pregunto si tales declaraciones tendrán algún sentido. Me entristecen las diversas afirmaciones programáticas de los poetas, y el alboroto en torno a la libertad por parte de poetas que no tienen ni idea de lo que esta es, que piensan absurdamente que consiste en la libertad de atiborrarse de drogas o algo por el estilo. Algo enfermizo. Qué desperdicio de oportunidades: su libertad es pura ausencia de objetivos, y al final se hunde en la peor clase de antilibertad y arbitrariedad.

Mi libro de poemas (Emblemas de una estación de furias) va a salir en otoño y quiero enviarle un ejemplar. Espero que pueda. ¿Suelen llegarle libros?

Espero que esté bien y lo guardo en mis oraciones. Qué Dios esté con usted siempre y Su verdad nunca lo abandone. Y queden vuestros corazones en Su alegría y Su luz. Daré una misa por todos ustedes en cuanto pueda, tal vez el Día de Todos los Santos. ¿Qué día es la Fiesta de la Caridad de El Cobre? Creo que nunca lo supe. Hoy, por supuesto, es San Francisco.

La luz en la que somos uno, no cambia.

24 de mayo de 1964

Hace ya tiempo desde la última vez que le escribí. ¿Recibió el “Mensaje a los poetas” que envié en el invierno pasado? Espero que sí. Mientras tanto he intentado con ahínco y he logrado contactar con la gente de la Universidad de Córdoba [Argentina]. Ellos me han mandado publicaciones muy interesantes sobre Vallejo, entre ellas el primer número de Aula [Vallejo] en el que está su ensayo sobre él como poeta religioso[9]. Realmente es uno de los mejores ensayos, uno de los más fundamentales, que he leído sobre esa cuestión. De veras es un estudio aclarador y con muchas intuiciones realmente básicas sobre la naturaleza de la poesía y la religión. ¿Ha desarrollado más ese tema? Es un espléndido enfoque existencial, y creo que dice lo que cualquiera necesita para empezar a entender la grandeza de Vallejo. Y creo que el entendimiento y amor a Vallejo, este Inca y Profeta, es la clave para comprender profundamente los problemas y categorías de las dos Américas hoy. En primer lugar, porque toda la poesía de Latinoamérica, la cual tiende a ser más personal y profética que la de EE.UU., siendo al mismo tiempo capaz de hablar más “por el pueblo”, que el subjetivismo individualista y a veces hermético de los poetas de EE.UU., se agrupa alrededor de Vallejo como en torno a su más profundo centro y a una suerte de fuente de vida.

¿Cómo andas tú? Yo he estado ocupado, pero no tan ocupado que no guarde en mí una profunda y constante repulsión contra el activismo y contra los falsos y soberbios optimismos que siempre están disfrutando, como de un triunfo bajo, con algún titular, algún editorial sin sentido, o la sombra de un programa. No necesito buscar fuera del monasterio, donde tenemos a toda hora nuestra cuota de programas.

Me gustan tus citas de Clemente de Alejandría en tu ensayo sobre Vallejo. ¿Te envié alguna vez un librito que escribí sobre Clemente? Ese pasaje está traducido allí también.

Pienso en ti y en todos mis amigos cubanos. Dios los bendiga y los guarde. Hay también una profunda elocuencia en el silencio y la paciencia. Los recuerdo a ustedes en la presencia de Dios y en Su Espíritu.

5 de diciembre de 1965

Gracias por tu excelente carta y por todas las traducciones. Te mando por correo un nuevo libro de poemas [El Camino de Chuang Zu]. Espero que llegue seguro. Me conmovió mucho la respuesta comunal de todos ustedes [Fina García Marruz, Eliseo Diego, Roberto Friol, Octavio Smith y Cintio Vitier], y las traducciones son espléndidas.

Los conozco ahora mejor por la selección que hicieron de los poemas para traducir y por el modo en que los tradujeron.

Pronto escribiré más. Todas mis bendiciones para todos ustedes.

(Traducción de José Adrián Vitier)




III

Glosa del pecado de Ixión[10]
Thomas Merton

Él la vio: esto es, trabajaba.
Amó el deleitable negocio (Juno era el éxito)
Puso los ojos por siempre en el dulce grueso
Enérgico comercio, y el afán
Hizo husmear su mundo.


Nuestro mundo también debe humear y flamear.
Nuestro mundo debe girar. El esfuerzo reventará
Un banco. El trabajo hará correr

(Ruedas dentro de la ruedas)

Los Monopolios.
Él la agarrará. Agárrala firme
En una rauda nube
De erróneas palabras
O vertiginosas comidas!

“ Agarra firme, Ixión! Hazte famoso, fuerte!

Actúa! Embriágate!
Ve a abrazar a la querida madre ganancia en lo oscuro. Posee la tierra,
Posee dinero!”
Sin embargo erró,
Despilfarró.

Gigantes se alzan
Macizos hermanos de amasijo y pelea,
Humeantes buldózer!
Rodantes ciudades, arden!
Monstruos de cristal desgarran
Caras, encendidas con alto dinero,
Fiebre en la prensa.


Gigantescos muchacho mecánico:
Sus sucios ojos giran
Olfatean la historia trabajando
Y vigilan la excesiva matanza.

Pesados parásitos de guerra
Ruedas políticas y generales de cobre
Tragan humo nuclear
Y pierden hombría.
Desvergonzados, ininteligentes,
Pero lo bastante astutos
Para despilfarrar la potencia del sol,
Echar a rodar los planetas,
Profanar al hombre sagrado!

Ahora viene subiendo
De los adentros de la tierra y el infierno
La guerra gigante de Ixión
Rodando y peleando en la roja rueda.

(Traducción de Cintio Vitier)

Notas:

[1] Cf. “En Cuba: antes y después”, en Prosas leves, 1993. (Nota del compilador. Si no se señala lo contrario las notas son de Cintio Vitier)

[2] Merton incluyó la siguiente carta dirigida “A un poeta cubano”, entre sus “Cartas en una época de crisis”, publicadas en Semillas de destrucción.

[3] Se refiere a “La balanza y la cruz”, incluido en Testimonios, 1968.

[4] Se refiere a “Transfiguración de Jesús en el Monte”, incluido en Las miradas perdidas, 1951.

[5] Forma parte de Versiones, 1970

[6] Se refiere a “De la penumbra”, en Versiones, 1970.

[7] Los sonetos así titulados aparecieron en Visitaciones, 1970

[8] Apareció en Crónicas, 1974.

[9] Se refiere a la última sección del ensayo Experiencia de poesía (1944), titulada “La religiosidad. César Vallejo”.

[10] Ixión, el primero en asesinar a alguien de su linaje (Píndaro, Odas píticas, 2), es considerado como el Caín de la mitología griega. Zeus (Júpiter) lo purificó, pero él atentó contra la castidad de Hera (Juno). En consecuencia fue engañado con una nube-imagen de Juno y después atado a una rueda giratoria. Por otra parte, uno de los apelativos de Juno, diosa del estado, fue Moneta, de donde procede en lengua inglesa mint como sustantivo, Casa de moneda; como verbo acuñar.

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