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martes, agosto 02, 2011

Los restos de Allende todavía no descansan

Ernesto Carmona (especial para ARGENPRESS.info)

Una semana después que el juez Mario Carroza aceptara la tesis del suicidio del Dr. Salvador Allende y dispusiera la entrega del cuerpo a la familia, sus restos continúan en la morgue de Santiago a la espera de un nuevo funeral, programado para el 4 de septiembre por su hija Isabel, senadora por el partido Socialista.

Los más relevantes reivindicadores del pensamiento de Allende son hoy centenas de miles de jóvenes que nacieron mucho después de su muerte: el mundo estudiantil que postula la re-nacionalización del cobre, cuya privatización fue encaminada por los militares y consumada en 20 años de gobierno de la Concertación. Mientras otros se aprestan a sacarle brillo a su memoria para remontar la decadencia en las encuestas, la “doctrina Allende” continúa dando batallas ideológicas a 38 años de la muerte de su autor, como ocurrió con otros grandes protagonistas del imaginario universal. Asimismo, hay impugnaciones al dictamen de suicidio.

La fecha prevista para el nuevo funeral, 4 de septiembre, tiene una poderosa connotación simbólica en la política chilena, que se extiende a todo ese mes. El 18 de septiembre de 1810 se celebró el cabildo abierto que inició el tránsito a la independencia de España, por lo que suele llamársele “el mes de la patria”. También en ese mes se dieron numerosos golpes, incluido el de Pinochet, que fue el 11 de septiembre de 1973, fecha que fue feriado oficial hasta 1998 y todavía es recordada con el nombre de una importante avenida del sector más adinerado de Santiago, concebida como prolongación de la conocida Alameda Bernardo O’Higgins. Nadie se ha jugado seriamente por cambiar el nombre de esa importante arteria de Providencia, comuna santiaguina gobernada por un alcalde de extrema derecha, un ex militar que formó parte de los servicios de inteligencia del dictador. Ninguna arteria relevante de la capital se llama “18 de septiembre”, excepto cuatro calles y pasajes de la capital chilena. El nombre del Dr. Allende tampoco lo recuerda ninguna vía importante, apenas cuatro calles y pasajes menores de municipios periféricos del casco urbano llamado Santiago Centro y otras tres localidades del área metropolitana del gran Santiago.

El 4 de septiembre era el día de las elecciones presidenciales que se realizaban cada 6 años, según el ordenamiento jurídico destrozado por el golpe militar. El Dr. Allende ganó esos comicios en 1970, al frente de la coalición Unidad Popular. Pero antes postuló por primera vez en 1952, apoyado sólo por una fracción del PS, mientras el grueso del partido se inclinó por el ex dictador Carlos Ibáñez del Campo (1927-1931), general de ejército en retiro que resultó elegido con una gran votación para el período 1952-1958 e hizo un gobierno criticado por la corrupción. En 1958, Allende volvió a intentarlo como abanderado de una coalición con eje socialista-comunista llamada “Frente de Acción Popular”, FRAP, que resultó derrotada por escasos 30 mil votos por Jorge Alessandri Rodríguez (1958-1964), el único gobernante de derecha elegido en las urnas en más de medio siglo, hasta el advenimiento de Sebastián Piñera en 2010. Alessandri también intentó gobernar con un gabinete de “gerentes”, como se denominaba entonces genéricamente a los altos ejecutivos del sector privado. Allende, incansable, volvió a la carga en 1964, de nuevo con el FRAP, pero esta vez se impuso el demócrata cristiano Eduardo Frei Montalva (1964-1970), quien levantó un programa de reforma agraria y “revolución en libertad”, le entregó el poder a Allende en 1970 y en 1973 fue uno de los artífices del golpe, que defendió ante el italiano Mariano Rumor (1), entonces presidente de la Unión Mundial de la Democracia Cristiana (Frei Montalva, al igual que su partido, terminó alejándose de la dictadura y fue asesinado por los militares en 1982).

Funerales anteriores

Los restos de Allende recibieron un primer funeral público multitudinario en Santiago el 4 de septiembre de 1990, tras su exhumación de una tumba anónima del cementerio Santa Inés de Viña del Mar, donde fueron enterrados sigilosamente, sin ceremonia, y en una urna sellada por los militares, durante la noche del 12 de septiembre de 1973. El cuerpo del Dr. Allende fue exhumado de nuevo el 23 de mayo 2011 por orden del juez Carroza para esclarecer con nuevos peritajes si efectivamente murió por suicidio o asesinato. En total, el cuerpo del líder popular ha sido sometido a tres autopsias: primero, la que hicieron los militares en 1973, otra revisión “informal”, más bien identificatoria, en 1990, bajo el gobierno de Patricio Aylwin, y el último estudio ordenado por el juez Carroza.

El Poder Judicial prácticamente cerró el caso de la muerte de Allende con el dictamen de suicidio emitido por once expertos forenses reunidos por el Servicio Médico Legal (SML), aunque el magistrado Carroza aún debe cerrar formalmente la “indagatoria”. La familia de Allende se mostró conforme porque siempre sostuvo la tesis del suicidio. Entretanto, han surgido cuestionamientos al veredicto de suicidio suscrito por once expertos (2): Marisol Intriago Leiva, antropóloga, encargada de la Unidad de Identificación Forense del SML; Germán Tapia Coppa, médico legista; Ángel Medina Bejarano, antropólogo físico; Isabel Martínez Armijo, arqueóloga; Agustín Hernández Canihuante, fotógrafo forense; Douglas Ubelaker, antropólogo físico; Mary Luz Morales, médico patóloga; David Pryor, perito balístico; el perito ad hoc Francisco Etxeberría Gabilondo, médico legista, designado por la familia Allende; los veedores internacionales Felipe Donoso, Representante Regional del Comité Internacional de la Cruz Roja (CICR) para el Cono Sur de América y Brasil; Morris Tidball-Binz, médico, Coordinador Forense del CICR; y Luis Fondebrider, antropólogo, miembro del Equipo de Antropología Forense Argentino, organismo asesor del Alto Comisionado de Derechos Humanos de la ONU.
El nuevo funeral

La senadora PS Isabel Allende explicó a la prensa que la decisión de la familia responde a numerosas solicitudes para realizar una nueva ceremonia y agregó que la iniciativa cuenta con el respaldo de su partido. "Ya lo conversé con el presidente del Partido Socialista [Osvaldo Andrade]; están por supuesto muy de acuerdo, así que la idea es hacerlo el 4 de septiembre", añadió.

Mientras algunos aspiran a vestirse políticamente con un nuevo entierro, que se da por sentado volverá a ser multitudinario, la reivindicación más real de la ideología del Dr. Allende ya no radica en su partido sino en los estudiantes que reclaman por una educación gratuita y de buena calidad, financiada por el Estado con una re-nacionalización del cobre, cuya producción global hoy pertenece en más de 70% a corporaciones privadas chilenas y extranjeras, con menos de 30% a cargo del Estado a través de la Corporación del Cobre (Codelco). La memoria política del Dr. Allende está ligada a la redistribución del ingreso que mejoró las condiciones de vida del pueblo trabajador con cargo a los ingresos derivados de la nacionalización de la principal riqueza minera del país.

Cuando asumió la Concertación en 1990, el 90% de la producción de cobre todavía respondía al esfuerzo del Estado (80 % de Codelco y 10% a la Empresa Nacional de Minería, Enami), pero leyes sigilosas impulsadas por los partidos de ese conglomerado, en alianza con la derecha tradicional, permitieron el ingreso de capitales privados que revirtieron la propiedad sobre una producción de cobre hoy 10 veces mayor que en tiempos de Allende, según el economista Julián Alcayaga (3). Sólo en 2010, los privados ganaron más de 25 mil millones de dólares, 5 veces el valor de la educación superior que pagan las familias, más un aporte mínimo del Estado, afirmó el economista Manuel Riesco (4). “Las utilidades, según los propios balances de las compañías, sumaron 76.800 millones en el quinquenio 2005-2009”, precisó Riesco. Los organizadores del nuevo funeral fueron partícipes del proceso de desnacionalización encubierta fundada en una ley de 1983 impulsada por José Piñera, hermano del actual presidente.

Impugnaciones al suicidio

La principal impugnación al dictamen de suicidio del SML fue presentada a los tribunales por el abogado Roberto Ávila en representación de “un grupo de socialistas”. Para otros cercanos al Presidente, como su amigo Víctor Pey, dueño del desaparecido matutino Clarín (lleva 14 años luchando contra el Estado por la devolución del diario allendista), el suicidio puede parecer algo feo para la formación cristiana del grueso de los chilenos, pero está convencido que el Dr. Allende se quitó la vida antes que ser vejado por los golpistas de 1973. Piensa que sus últimas palabras, transmitidas en vivo y directo por el periodista Guillermo Ravest a través de la desaparecida señal de radio Magallanes, anunciaron claramente su propósito suicida cuando dijo: “Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo”. Allende fue el único presidente latinoamericano, por lo menos del siglo 20, que sesgó su vida antes que someterse a un golpe militar consumado.

Para Víctor Pey “está ocurriendo un fenómeno cuyas causas no alcanzo a comprender y que lleva a periodistas [y a otros] a seguir sosteniendo las versiones más fantasiosas sobre aquello, sin ver, tampoco, qué fines persiguen con tanta fantasía estrambótica”, aludiendo así a la teoría de un “suicidio asistido” consumado por un escolta o a un proyectil que entró supuestamente por un ojo y otras teorías. También desestimó “las autopsias históricas” basadas en el mero análisis de documentos y criticó el prurito por una “sacrosanta ‘verdad jurídica’, como si la historia se transformara en ciencia exacta en la medida en que se nutra de ellas, de las ‘verdades jurídicas’". Como Pey, muchos pensamos que el suicidio no desmerece la entereza política del Dr. Allende, como tampoco disminuye la del periodista Augusto Olivares Becerra, su amigo, quien también se inmoló aquel día en el Palacio de La Moneda. Pocos de sus colabores sobrevivieron. La mayor parte de quienes fueron detenidos por los militares se convirtieron en desaparecidos.

Notas:
1) Esta larga carta, hoy histórica, se encuentra profusamente en Internet, entre otros sitios en: http://es.wikisource.org/wiki/Carta_de_Eduardo_Frei_Montalva_a_Mariano_Rumor,_Presidente_de_la_Uni%C3%B3n_Mundial_de_la_Democracia_Cristiana
2) Ver Análisis Integrado, Informe Odontológico, Informe Balístico (inglés), Informe de Evidencia, Informe Antropológico, Informe Entomológico y Acta exhumación en: http://www.poderjudicial.cl/modulos/Home/Noticias/PRE_txtnews.php?cod=3193&opc_menu=&opc_item=
3) Ver http://www.resumen.cl/index.php?option=com_content&view=article&id=4250:entrevista-a-julian-alcayaga-el-cobre-debe-ser-renacionalizado-&catid=13:memoria-historica&Itemid=57
4) Ver http://www.cnnchile.com/nacional/2011/07/12/privatizar-el-cobre-ha-sido-el-mayor-negocio-de-algunas-empresas/

Ernesto Carmona, periodista y escritor chileno.

domingo, septiembre 19, 2010

allende: el sueño existe

Allende, el sueño existe

Daniela Saidman (Desde Venezuela. Especial para ARGENPRESS CULTURAL)

Eran las once y cincuenta y dos minutos, del 11 de septiembre de 1973, cuando estalló la primera bomba sobre La Moneda, pero él resistió. Estaba allí, esperando que su vida fuera una voz para decir y decirnos el futuro necesario. Por eso no pudieron asesinarlo, no pudieron, ni podrán.

Salvador Allende (Valparaíso, 26 de junio de 1908), el compañero presidente, está vivo porque el sueño existe, porque respira en cada fábrica, en cada escuela, en cada hospital, y vibra su voz clara en el tacto de las manos obreras y en las del niño que aprende a sumar. Todo en él fue dignidad del pueblo, todo en él fue esperanza y lucha, todo en él fue caricia y combate por la vida.

Allende, voz del sur infinito, voz de los sin voz del mundo, voz necesaria, como bandera henchida de libertades, voz nuestra para siempre.

“Nuestra responsabilidad se acrecienta, sobre todo en momentos en que sólo se descubren horas caracterizadas por amenazas reaccionarias o dictatoriales que, de concretarse significarán violencia y represión contra la juventud y los trabajadores. Personalmente, sólo aliento un anhelo íntimo: que vaya donde vaya, esté donde estuviere, seguiré siendo para el pueblo el “compañero Allende”, anunció ante el senado chileno, en enero de 1970.

Médico revolucionario, Allende fue el presidente del pueblo chileno, de la unidad popular, desde 1970 hasta 1973, cuando un Golpe de Estado, uno de los más cruentos del sur de continente hizo estallar la esperanza de Chile y la de los pueblos latinoamericanos. El primer presidente socialista que llegó al poder a través de los votos fue y seguirá siendo un incendio de conciencia. Por eso su palabra, comprometida y honda, es un estandarte henchido de sueños y su memoria un espejo donde el futuro, urgente e imprescindible, se refleja.

“Ante estos hechos sólo me cabe decir a los trabajadores: ¡Yo no voy a renunciar! Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza de que la semilla que hemos entregado a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos”. (Fragmento de su última intervención por Radio Magallanes, el 11 de septiembre de 1973, a las 9:10 AM)

Y la historia, lo lleva a él, prendido de sus alforjas, convencida de que las páginas que faltan ser escritas, que aún no son contadas, tendrán su nombre y su figura como una ofrenda. Tiempo, tiempo que viene sin pausa, tiempo que se edifica en los andares del mundo y sus gentes, en los pasos victoriosos de los pueblos que hacen nacer las libertades, le dirán presente una y otra vez, al compañero presidente.

“Trabajadores de mi Patria, tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo en el que la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, de nuevo se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor. ¡Viva Chile! ¡Viva el pueblo! ¡Vivan los trabajadores! Estas son mis últimas palabras y tengo la certeza de que mi sacrificio no será en vano, tengo la certeza de que, por lo menos, será una lección moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición”. (Fragmento de su última intervención por Radio Magallanes, el 11 de septiembre de 1973)

Y porque él vive y viven los pueblos, el sueño de un mundo libre, solidario y justo, sigue siendo posible y sobre todo, imprescindible.

sábado, septiembre 11, 2010

El sueño de Allende

El sueño de Salvador Allende era construir el socialismo por la vía pacífica. Pago con su vida la consecuencia con ese sueño. De cara a la América Latina de hoy hagamos una reflexión sobre ese sueño.
Leonardo Gabriel Ogaz Arce | Para Kaos en la Red | Hoy a las 0:50 | 233 lecturas | 1 comentario
www.kaosenlared.net/noticia/el-sueno-de-allende


Salvador Allende G.

El Sueño de Allende

Leonardo Ogaz A.

“…en un momento oportuno someteremos a la voluntad soberana del pueblo la necesidad de reemplazar la actual constitución de fundamento liberal, por una constitución de orientación socialista.”

Salvador Allende. Primer mensaje al Congreso pleno 21 de mayo 1971.

El sueño de Salvador Allende era hacer una revolución socialista por la vía pacífica. En efecto cuando llegó a la presidencia el 4 de septiembre de 1970 la coalición que asumió el gobierno comenzó a convertir ese sueño en realidad. Allende pagó con su vida la consecuencia con ese sueño. En esta cuestión radica toda la grandeza y los errores de lo que constituyó el proceso de la unidad popular. ¿Era realista plantearse una meta de este tipo? La muerte del presidente Allende parece ser una respuesta categórica y concluyente.

Sin embargo todavía ronda la idea de que pudo haber sido posible ese sueño o podría ser posible a condición de hacer una relectura atenta del proceso y sacar las conclusiones correspondientes para volver a intentarlo. Esta idea está dando vuelta por América Latina desde hace algún tiempo.

Los trabajadores chilenos por medio de un largo proceso unitario, que implicó miles de luchas reivindicativas y democráticas lograron cristalizar la “Unidad Popular” coalición de partidos de izquierda que accedió al gobierno por la vía electoral y desde allí se realizaron profundos cambios en la estructura socioeconómica de país que implicaron nacionalización de las riquezas básicas, profundización de la reforma agraria, estatización de la banca y los seguros, creación de un área social de la economía y muchos cambios culturales que significaron la irrupción de los trabajadores, los campesinos y los más pobres en los espacios de la sociedad que desde siempre les fueron vedados. Todo esto desató un intenso, profundo y dramático proceso de lucha de clases.

Los empresarios nacionales se coaligaron con los intereses del imperio, logrando sumar importantes sectores medios, que a su vez utilizaron las fuerzas armadas y carabineros (policía) para en una oposición violenta dar el golpe de estado del 11 de septiembre de 1973 cuyo símbolo brutal fue el bombardeo del palacio presidencial. En definitiva las clases dominantes jamás dejarán, el poder, sus privilegios sin apelar a cualquier cosa con tal de mantener el sistema de explotación del cual son parte. A partir de allí se instauró una feroz dictadura que violó sistemáticamente todos los derechos humanos e hizo una contrarrevolución capitalista que ha dado como fruto el Chile neoliberal de hoy.

Después de cuatro décadas en que este proceso tuvo su inicio, marcando decisivamente la historia de Chile. ¿Cuáles son los principales errores de concepción que se visualizan?

Primero una caracterización ingenua de las instituciones estatales. Allende, el partido comunista, ciertos sectores socialistas y otras organizaciones de izquierda en el afán de ser creativos y heterodoxos desarrollaron una particular visión de que en Chile, se había desarrollado una especie de democracia avanzada en donde se respetaría las conquistas democráticas. Esta lectura histórica sesgada del proceso histórico institucional idealizó el Estado burgués. Craso error sobre todo en lo que se refiere a las fuerzas armadas. Estas fuerzas de no mediar profundos procesos democráticos en la sociedad y en su interior, son el aparato represivo del sistema burgués dominante.

En segundo lugar fue una concepción economicista de los procesos, que consistió en realizar los cambios socioeconómicos sin que hubiera los correlatos políticos correspondientes, se nacionalizó, se expropió, pero se dejó la institucionalidad burguesa intocada, poder legislativo, judicial y organismos de control y fue precisamente desde estos espacios donde se articuló la ofensiva golpista, no se cambió la constitución, no se creó un poder popular alternativo y cuando surgió el poder popular producto de la dinámica del proceso no se le reconoció, ni impulsó y en algunos casos hasta se lo combatió. Una visión mecánicamente economista del proceso llevó a cuestiones como ganar la batalla de la producción y no la batalla política, los procesos de acumulación de fuerza, de incrementar el caudal electoral, en definitiva el problema del poder, la cuestión política fue desplazada. En honor a la verdad hay que recordar que la Unidad Popular solo en una elección, la municipal del año 71, logró obtener un poco más del 50% de la votación.

Hoy en América Latina parece observarse un camino inverso, los gobiernos progresistas han partido, correctamente a mi juicio, planteándose cambios políticos, han realizado primero transformaciones constitucionales, pero les ha costado mucho pasar desde esos cambios a las modificaciones socioeconómicas profundas de las relaciones sociales por una parte, y la de dar curso a las formas de poder popular por otra, sin las cuales no puede hablarse seriamente de revolución.

Ahora, volviendo a Chile, las dos cuestiones planteadas en el fondo se concentran en definitiva en una sola: en Chile se careció de una dirección política revolucionaria que comprendiera a cabalidad el proceso histórico que se estaba desarrollando. Hubo ilusiones reformistas, miopía política y ceguera histórica.

Salvador Allende sus ministros y colaboradores mostraron una ética ejemplar en su gestión no hubo un átomo de corrupción en ese gobierno, pero eso no basta, hizo falta una conducción política acertada.

Pero la discusión sigue vigente quizás no tanto en el Chile de hoy, pero si en países como Bolivia y Venezuela. ¿Es posible realizar procesos de cambios estructurales pacíficamente? Lo de Venezuela es lo más avanzado, pero encierra todavía muchas incógnitas que hay que resolver ¿Cómo se comportarán las fuerzas armadas frente a cambios más profundos en las relaciones sociales? ¿Existen direcciones políticas revolucionarias con capacidad de conducción hacia procesos que apunten al socialismo?

Sin duda es noble y altruista plantearse procesos pacíficos de transformación social, ello implica el desafío de generar una amplia y sólida mayoría para la revolución, pero también la responsabilidad de tener serias alternativas de respuestas políticas militares a partir de un pueblo organizado en defensa de sus conquistas democráticas. Esto por una verdad esencial, son las clases dominantes y el imperio los que van a impedir que los procesos pacíficos se concreten.


Leonardo Gabriel Ogaz Arce en Kaos en la Red

Trayectoria de un líder: Salvador Allende

Centro de Documentación. Fundación Salvador Allende

Salvador Allende nació el 26 de junio de 1908 en Valparaíso, aunque sus primeros años transcurrieron en Tacna, ciudad en cuyo liceo aprendió las primeras letras. Los años de infancia coincidieron con la incubación de profundos problemas económico-sociales, marco bajo cuyas condiciones creció y estudió.

En 1918 su padre decidió enviarlo a Santiago, al Instituto Nacional. Años más tarde, cursando el 4° año de humanidades, el joven Salvador Allende escuchó hablar de un suceso destinado a transformar el mundo: la Revolución de Octubre. En el acto se abrieron profundas interrogantes y sería un maestro ebanista, perteneciente a la cultura de los anarquistas, llamado Juan Demarchi quien lo introduciría en los problemas de la 'cuestión social'.

Tras el servicio militar ingresó a la universidad, donde pronto se transformó en líder. Asumió la presidencia del Centro de Alumnos de Medicina y la vicepresidencia de la FECH, situación que coincidió con un conflictivo cuadro histórico, caracterizado por el fin de una fase dorada, basada en los beneficios del excedente salitrero y por un agudo conflicto en todas las áreas de la sociedad, período tenso y convulso que culminó con la irrupción de los militares y la posterior dictadura de Carlos Ibáñez del Campo (1927-1931).

El surgimiento de un líder

A principios de la década del treinta, tras sucesivas manifestaciones populares que estremecieron al país, cayó el régimen. Allende asumió a cabalidad sus responsabilidades como dirigente estudiantil y poco después apoyó activamente el episodio de la República Socialista (1932), actitud que le costó la comparencia ante tres Cortes Marciales. Bajo estas circunstancias y estando detenido, le comunicaron la noticia del inminente fallecimiento de su progenitor. Acto seguido, haciendo uso de un permiso de dos horas, llegaría ante el moribundo sólo para despedirse.

Durante esta fase el pensamiento del novel dirigente adquirió matrices rectores y definiciones conceptuales y teóricas. En su primera etapa de conciencia social se entrelazaron razonamientos provenientes de la teoría marxista del conocimiento, producto de las tertulias universitarias y de su adscripción al grupo 'Avance', y aspectos del ideario anarquista por la irradiación y embrujo del fascinante ebanista J. Demarchi.

En 1929, adoptando la tradición familiar, ingresó a la masonería.

En este período, el mérito radicaba en la lucha por la imposición del sistema democrático que logró perdurar entre 1933 y 1973, excepción hecha de los desbordes del gobierno de Arturo Alessandri Palma y de Gabriel González Videla. Es en esta etapa juvenil cuando despuntaron sus dotes de conductor y líder del ideario socialista.

Una de las expresiones más significativas pronunciadas por Allende, luego del triunfo de la Unidad Popular, fue: 'No puedo ni podré olvidar jamás que todo lo que he sido y todo lo que soy se lo debo a mi partido'. La organización política lo dotó de parámetros analíticos y paradigmas teóricos que le acompañaron durante toda la vida. El nexo entablado es tan sólido que sólo la muerte pudo romper la relación entre Allende-persona y Allende-militante. De militante pronto se trasformó en jefe del núcleo, para luego asumir la secretaría de estudios sociales y la dirección regional de su partido. Desde esta trinchera y vinculado familiarmente con Marmaduke Grove, apoyó la experiencia de la República Socialista (1932), febril actividad política que no pasó inadvertida porque pronto recayó sobre él la ira de los sectores dominantes, quienes lo calificaron como un 'peligroso agitador'. Fue detenido y luego relegado a Caldera, en medio del desborde represivo desencadenado por Arturo Alessandri. Tenía entonces 27 años.

Alianza de la izquierda

Un año más tarde, ya de vuelta en el puerto, contribuyó a la formación de una alianza de profundo contenido histórico para la causa popular y el desarrollo de la nación, como fue el Bloque de Izquierdas, antecedente inmediato del Frente Popular, episodio histórico-político que contribuyó a su acceso a la Cámara de Diputados en 1937.

La formación del Bloque de Izquierdas en Valparaíso antecedió al Frente Popular, alianza de gravitantes consecuencias en la que Salvador Allende tuvo una destacada participación como Ministro de Salubridad (1939), en representación de un partido del cual se había transformado en subsecretario general. Entre las múltiples actividades y responsabilidades, destaca la participación en la fundación de las Milicias Socialistas.

El rango ministerial fue asumido en una particular coyuntura. El presidente Pedro Aguirre Cerda, lo incorporó al gabinete con el objetivo de reforzar posiciones ante un intento de golpe de Estado perpetrado por el general Ariosto Herrera, aunque tras bambalinas se ocultaba Carlos Ibáñez del Campo, el antiguo dictador.

Días antes había estallado la Segunda Guerra Mundial (1939-1945). En Chile las repercusiones no se hicieron esperar, pero el gobierno mantuvo una benevolente neutralidad favorable al eje. La izquierda demanda la ruptura de relaciones diplomáticas con el eje nazi fascista, exigencia retrasada por la muerte del Presidente Aguirre Cerda, a quien sucedió Juan Antonio Ríos. El Ministro de Salubridad presentó su renuncia por desacuerdos en la conducción de la política nacional e internacional.

En 1940 contrajo matrimonio con Hortensia Bussi, una joven profesora de Historia y Geografía, a quien había conocido el 25 de enero de 1939 bajo las circunstancias aciagas del terremoto de Chillán.

Un par de años más tarde (1943) asumió la Secretaría General del Partido Socialista, para luego ser electo senador (1945) por la antigua 9ª circunscripción de Valdivia, Osorno, Llanquihue, Chiloé, Aysén y Magallanes.

Independiente de la suerte corrida, los gobiernos de Frente Popular repercutieron significativamente en la historia de Chile, al modernizar las estructuras del Estado, desarrollar infraestructura económica y acelerar cambios en el sistema político. La característica de esta fase es la normalidad progresiva y normativa político-institucional en el funcionamiento de los aparatos del Estado, cuestión que floreció a partir del 1958. El fundamento histórico y político de la estrategia política de Allende era la profundización democrática, el robustecimiento del desarrollo y un nuevo modelo de democracia social sustentada en el Estado.

Del FRAP a la UP

En 1951, el 'Mussolini del nuevo mundo', como gustó hacerse llamar Carlos Ibáñez del Campo, presentó su candidatura presidencial siendo apoyado por un sector democrático. Ante esta situación, Salvador Allende junto a comunistas, radicales doctrinarios y la izquierda socialista fundaron el Frente del Pueblo, alianza calificada como 'una conciencia en marcha'.

Los 52 mil votos obtenidos por Allende en las elecciones presidenciales de 1952 inauguraron un período que 17 años más tarde culminó en la Unidad Popular. Pero lo central de estos acontecimientos radica en la aparición de un proyecto que contenía un programa y una concepción de sociedad. La participación en la justa electoral no fue un mero simbolismo, porque en el centro de la escena histórica comenzaban a tomar posición nuevas fuerzas sociales, que irrumpieron en el sistema político a través de un electorado de masas que se amplió (1958), marco en que se configuró la estrategia político-institucional.

Salvador Allende, en esta coyuntura, terminó por convertirse en el pericentro de cualquier alianza, proyectando su figura por sobre la izquierda. Era ya el líder natural de los desposeídos y un dirigente respetado cuando en 1953 fue reelegido senador por Tarapacá y Antofagasta.

Tres años después, el Frente del Pueblo dio paso a una alianza más amplia, con la incorporación de nuevos grupos sociales y políticos al conglomerado. La aparición del FRAP coincidió además con la unificación de la clase obrera en torno a la CUT (1953), el reingreso de la FECH y un nuevo nivel de desarrollo del campesinado organizado, mientras la sociedad civil experimentaba la ampliación del derecho a voto y la solidificación del sistema político, curso fortalecido además por la unificación del PS (1957) y los desacuerdos del 10° congreso del PS (1956). Todos estos acontecimientos se materializaron en la extraordinaria votación alcanzada por su candidatura presidencial en 1958, ocasión en que lo derrotó J. Alessandri por un escaso margen de votos.

En 1961 nuevamente fue elegido senador de la República, esta vez por su natal Valparaíso. Un par de años más tarde, la Asamblea Nacional del Pueblo lo proclamó abanderado de las aspiraciones populares, asumiendo por tercera vez la responsabilidad de la candidatura presidencial. En esta ocasión (1964), enfrentó a Eduardo Frei, líder histórico de la Democracia Cristiana. A poco andar la campaña fue ganando fuerza, hasta que en marzo de 1964, pocos meses antes de la elección presidencial, en una elección complementaria por Curicó, el FRAP, contra toda previsión logró un triunfo con la elección del doctor Oscar Naranjo. La derecha, profundamente alarmada, optó por entregar sus votos a Eduardo Frei, considerándolo como mal menor.

A principios de la década del setenta despunta en América Latina un fenómeno de gravitantes consecuencias, como fue el triunfo de la revolución cubana, de la que Allende fue un decidido partidario y defensor. Se abrió así un período particularmente convulso, caracterizado por la agudización de los conflictos internacionales, especialmente en el Tercer Mundo, influjo ante el cual una gran parte de la izquierda latinoamericana y chilena rindió tributo, suscribiendo la tesis de la vía armada y de asalto directo al poder político del Estado.

Entre 1966 y 1969, Allende ocuparía el cargo de presidente del senado, siendo reelecto este último año por la circunscripción de Chiloé, Aysén y Magallanes.

Desempeñó un destacado lugar en el ámbito de la política internacional al participar en la Conferencia Tricontinental y, posteriormente, en la fundación de la OLAS (Organización Latinoamericana de Solidaridad), episodio que sumado a su apoyo a la guerrilla del Che Guevara lo pusieron en el centro de los ataques de la derecha.

Gloriosa inmolación

Pese a circunstancias poco favorables, Allende persistió en su postura analítica, teniendo presente las características históricas de Chile. El resultado sería la exigencia de vastos sectores para que Allende asumiera nuevamente la representación de la izquierda, de manera que en enero de 1970 fue proclamada su cuarta candidatura a la presidencia de la República. A diferencia de las ocasiones anteriores, contaba con el apoyo del tronco radical y con el especial concurso de actores de raíz cristiana que dieron un peso particular a la alianza esta vez denominada Unidad Popular. Acto seguido, el 4 de septiembre de 1970, se llevaron a cabo las elecciones presidenciales más disputadas de la historia nacional, bajo un clima tenso y febril. La madrugada del 5 de septiembre el triunfo de Salvador Allende era una realidad.

Luego, por espacio de mil días, se desarrollaría la experiencia de la Unidad Popular.

El balance de ese agitado período es hoy patrimonio exclusivo de la historia. Lo cierto es que una vasta conspiración, en la que tomaron parte activa el capital nacional y transnacional, el imperialismo, las fuerzas políticas del centro y la derecha y los gremios empresariales y profesionales, creó las condiciones que condujeron a las Fuerzas Armadas a interrumpir a sangre y a fuego el 11 de septiembre de 1973 la democracia chilena.

Salvador Allende pagó con su vida su profunda vocación democrática y su inquebrantable lealtad con su pueblo. Previo al instante supremo con el que será recordado para la posteridad, denunció las dimensiones de la traición y vaticinó con clarividencia el período gris que se abatía sobre Chile. Sin embargo, en su conmovedora alocución final, hubo lugar a la esperanza al anunciar que más tarde que temprano se abrirían las anchas alamedas.

Reseña cronológica

1908
26 de junio, nace en Valparaíso Salvador Allende Gossens. Sus padres fueron el abogado y notario, militante del Partido Radical, Salvador Allende Castro y doña Laura Gossens Uribe.

1920 - 1924
Instalados en Valparaíso, luego de recorrer Tacna (entonces chilena), Iquique, Santiago y Valdivia, ingresa al Liceo Eduardo de la Parra, donde realiza sus estudios con excelentes calificaciones. Destaca en natación y decatlón juvenil. Por esos años conoce a Juan Demarchi, viejo anarquista italiano, que influye en su formación ideológica prestándole los primeros libros de marxismo.

1925
Cumple como voluntario el servicio militar en el Regimiento Coraceros de Viña del Mar, en el transcurso del mismo pide su traslado al Regimiento Lanceros de Tacna. Egresa como oficial de reserva del ejército.

1926
En Santiago, Ingresa a la Escuela de Medicina de la Universidad de Chile.

1927
Presidente del Centro de Alumnos de Medicina, ha organizado a un grupo de sus compañeros que se reúnen periódicamente para leer y discutir de marxismo.

1929
Pide su incorporación a la Masonería, siguiendo una tradición familiar.

Funda, junto a compañeros de universidad, el Grupo Avance.

1930
Vicepresidente de la Federación de Estudiantes de Chile, participa activamente en la lucha contra la dictadura de Carlos Ibáñez del Campo. Es encarcelado.

1931
Miembro del Consejo Universitario, en representación de los estudiantes. Temporalmente expulsado de la Universidad, es pronto reincorporado por sus excelentes calificaciones y porque le faltan escasos meses para terminar sus estudios.

1932
Termina sus estudios y se traslada a Valparaíso para estar cerca de su padre enfermo. Mientras redacta su memoria sobre Higiene mental y delincuencia, hace su práctica profesional.

En junio se proclama la República Socialista que encabeza Marmaduke Grove. Tras la fugaz experiencia socialista, el nuevo gobierno desata la persecución contra los elementos progresistas. Allende es encarcelado. Mientras permanece en prisión, muere su padre. El joven médico jura sobre su tumba dedicar su vida a la lucha por la libertad de Chile.

1933
Recibe su título de médico. Después de muchos intentos, obtiene un puesto de anátomo-patólogo. Participa el 19 de abril en la fundación del Partido Socialista de Chile, en Valparaíso.

Escribe en colaboración con José Vizcarra un libro sobre la Estructura de la Salubridad Nacional.

1935
Redactor del Boletín Médico de Chile.

Relegado a Caldera (desde julio a noviembre).

Crea Revista Médica de Valparaíso.

1936
En marzo participa en la creación del Frente Popular y asume como Presidente Provincial en Valparaíso.

1937
Elegido Diputado por Quillota y Valparaíso (1937-1939).

Sus camaradas del Partido Socialista lo eligen Subsecretario General.

1938
El Frente Popular proclama la candidatura presidencial de Pedro Aguirre Cerda. Allende es el generalísimo de la campaña en Valparaíso.

1939
En la noche del terremoto de Chillán (25 de enero) conoce casualmente en Santiago a la maestra de historia Hortensia Bussi Soto.

En septiembre renuncia al Congreso y asume la cartera de Salubridad, Previsión y Asistencia Social del Gabinete del Presidente Pedro Aguirre Cerda (1939 - 1942).

Escribe su libro 'La realidad médico-social chilena'.

1940
Convención Anual de la Asociación Médica. Apláudese gestión como Ministro de Salubridad. Premio Van Buren por su obra 'La realidad médico social chilena'.

Presenta al Congreso Nacional un proyecto de ley que crea el Seguro de Accidentes del Trabajo, proporcionado por el Estado.

Contrae matrimonio con Hortensia Bussi Soto (16 de septiembre).

1941
Organiza la Primera Exposición Nacional de la Vivienda y la instala en plena Alameda, frente al Club de la Unión.

Viaja a Estados Unidos para asistir a la reunión de la Asociación Americana de Salud Pública.

Viaja al Perú invitado por el APRA.

1942
Renuncia al Ministerio de Salubridad al ser elegido Secretario General del Partido Socialista de Chile.

1945
Elegido Senador por Valdivia, Llanquihue, Chiloé, Aysén y Magallanes.

1947
Se divide el Partido Socialista, Allende se integra al Partido Socialista Popular.

En el Senado vota contra la Ley de Defensa Permanente de la Democracia, conocida como la 'Ley Maldita'.

1948
Visita a los recluidos por González Videla en el campo de concentración de Pisagua.

Se solidariza con el Mariscal Tito y condena la política soviética hacia Yugoslavia: 'Cada pueblo es libre para escoger su propio camino al socialismo'.

1949
Presidente del Colegio Médico de Chile (1949-1963).

1951
Al respaldar el Partido Socialista Popular la candidatura de Carlos Ibáñez, Allende rompe con él y vuelve a las filas del Partido Socialista de Chile.

Impulsa la creación del Frente del Pueblo, junto con el Partido Comunista.

1952
El Frente del Pueblo lo presenta como candidato a la Presidencia de la República. Presenta en el Senado, junto a Elías Lafferte, un proyecto de ley sobre nacionalización del cobre.

1953
Elegido Senador por Tarapacá y Antofagasta. Proyecto de Corporación de Ventas del Cobre. Viaja a la República Popular China.

1954
Viaja a Francia, Italia, La Unión Soviética y la República de China Popular.

Vicepresidente del Senado.

1955
Exalta en el Senado la intervención de tropas soviéticas en Hungría: defensa de un 'socialismo de bases libertarias y del principio de la libre determinación de los pueblos, cualquiera que sea el país de que se trate'.

1957
El Partido Socialista Popular y el Partido Socialista de Chile se unifican y constituyen, junto con el Partido Comunista, el Frente de Acción Popular.

El FRAP proclama su candidatura presidencial.

1958
Pierde la elección contra Jorge Alessandri.

1959
Asiste a la toma del mando de Rómulo Betancourt, en Venezuela. Viaja a Cuba a manifestar su solidaridad con la revolución cubana. Se entrevista con Fidel Castro, Ernesto 'Che' Guevara y Camilo Cienfuegos.

1960
Respalda la dramática huelga de los mineros del carbón, que paralizan sus faenas durante más de tres meses.

Recorre todo el sur del país, afectado por los terremotos de mayo. Presenta varios proyectos de ley en favor de los damnificados.

1961
Elegido senador por Valparaíso y Aconcagua.

Viaja a Punta del Este (Uruguay) y denuncia, junto al Che Guevara, el carácter propagandístico de la Alianza para el Progreso.

1963
La Convención del FRAP lo designa nuevamente candidato a la Presidencia de la República.

1964
Su postulación es derrotada por Eduardo Frei Montalva. Allende consigue, sin embargo, casi un millón de sufragios.

Se opone resueltamente a la 'chilenización del cobre', patrocinada por el gobierno de Frei.

Rechaza alinearse con el conflicto Moscú - Pekín : 'no somos colonos mentales de nadie'.

1965
Realiza diversos viajes por Europa y América Latina.

Designado el mejor parlamentario por los redactores políticos.

1966
Presidente del Senado de la república de Chile (1966 - 1969).

1967
Preside delegación del Partido Socialista en festejos de los 50 años de la Revolución de Octubre en la URSS.

Participa en la Conferencia Tricontinental de la Habana, donde propone creación de la Organización de Solidaridad Latinoamericana, OLAS.

1968
Condena enérgicamente, en el Senado, la intervención de las tropas del Pacto de Varsovia en Checoslovaquia: 'ha sido atropellada la soberanía de ese país'.

Viajes a la República Democrática de Corea, a Vietnam (se entrevista con Ho Chi Minh), a Laos y a Cambodia.

1969
Elegido senador por Chiloé , Aysén y Magallanes.

Se crea la Unidad Popular (UP), integrada por socialistas, comunistas, radicales, MAPU, PADENA y Acción Popular Independiente (API).

1970
El 22 de enero la UP lo proclama candidato a la Presidencia de la República.

4 de septiembre, triunfa en los comicios por mayoría relativa en las elecciones. El 22 de octubre el Comandante en Jefe del Ejército, General René Schneider, es víctima de un atentado, fallece tres días después.

El 24 de octubre, el Congreso lo proclama Presidente. El 3 de noviembre, asume constitucionalmente la presidencia de la República.

El 31 de diciembre se dirige al país desde la mina de Lota.

1971
El 11 de julio, Día de la dignidad Nacional, promulga la Ley de Nacionalización del cobre, aprobada por unanimidad del Congreso.

1972
30 de noviembre - 14 de diciembre: Gira presidencial. Visita Perú, México, Estados Unidos (Naciones Unidas), Argelia, Unión Soviética, Cuba, Venezuela.

Habla en la Asamblea General de las Naciones Unidas: 'los grandes valores de la humanidad no podrán ser destruidos'. En la misma asamblea denuncia la agresión internacional de que es víctima Chile. Es ovacionado de pie durante largos minutos.

1973
En las elecciones parlamentarias de marzo, la UP obtiene el 45% de los votos y aumenta su representación parlamentaria. Aun sin conseguir la mayoría en las dos Cámaras, se hace posible la acusación constitucional ideada por la oposición. La derecha, con ayuda extranjera, agudiza la fuerte lucha contra el Gobierno Popular y desata el terrorismo en el país.

El 11 de septiembre, muere en La Moneda. Sus últimas palabras: 'Tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres este momento gris y amargo donde la traición pretende imponerse, sigan ustedes sabiendo que mucho más temprano que tarde, de nuevo abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre para construir una sociedad mejor'.

Chile: Último discurso de Salvador Allende desde la Casa de la Moneda

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Compatriotas: es posible que silencien las radios, y me despido de ustedes. En estos momentos pasan los aviones. Es posible que nos acribillen. Pero que sepan que aquí estamos, por lo menos con este ejemplo, para señalar que en este país hay hombres que saben cumplir con las obligaciones que tienen. Yo lo haré por mandato del pueblo y por la voluntad consciente de un presidente que tiene la dignidad del cargo...

Quizás sea ésta la última oportunidad en que me pueda dirigir a ustedes. La Fuerza Aérea ha bombardeado las torres de Radio Portales y Radio Corporación. Mis palabras no tienen amargura, sino decepción, y serán ellas el castigo moral para los que han traicionado el juramento que hicieron.

Soldados de Chile, comandantes en jefe y titulares... al almirante Merino... ... El general Mendoza,
general rastrero que sólo ayer manifestara su solidaridad y lealtad al gobierno, también se ha denominado director general de Carabineros.

Ante estos hechos sólo me cabe decirle a los trabajadores: yo no voy a renunciar. Colocado en un tránsito histórico, pagaré con mi vida la lealtad del pueblo. Y les digo que tengo la certeza que la semilla que entregáramos a la conciencia digna de miles y miles de chilenos, no podrá ser segada definitivamente. Tienen la fuerza, podrán avasallarnos, pero no se detienen los procesos sociales ni con el crimen, ni con la fuerza. La historia es nuestra y la hacen los pueblos.

Trabajadores de mi patria: quiero agradecerles la lealtad que siempre tuvieron, la confianza que depositaron en un hombre que sólo fue intérprete de grandes anhelos de justicia, que empeñó su palabra en que respetaría la Constitución y la ley, y así lo hizo. Es este momento definitivo, el último en que yo pueda dirigirme a ustedes, espero que aprovechen la lección. El capital foráneo, el imperialismo, unido a la reacción, creó el clima para que las Fuerzas Armadas rompieran su tradición: la que les señaló Schneider y que reafirmara el comandante Araya, víctima del mismo sector social que hoy estará en sus casas esperando con mano ajena conquistar el poder para seguir defendiendo sus granujerías y sus privilegios. Me dirijo, sobre todo, a la modesta mujer de nuestra tierra: a la campesina que creyó en nosotros, a la obrera que trabajó más, a la madre que supo de su preocupación por los niños. Me dirijo a los profesionales de la patria, a los profesionales patriotas, a los que hace días están trabajando contra la sedición auspiciada por los colegios profesionales, colegios de clase para defender también las ventajas de sociedad capitalista.

Me dirijo a la juventud a aquellos que cantaron y entregaron su alegría y su espíritu de lucha; me dirijo al hombre de Chile, al obrero, al campesino, al intelectual, a aquellos que serán perseguidos porque en nuestro país el fascismo ya estuvo hace muchas horas presente en los atentados terroristas, volando puentes, cortando las vías férreas, destruyendo los oleoductos y los gasoductos frente al silencio de los tenían la obligación proceder... La historia juzgará.

Seguramente Radio Magallanes será acallada y el metal tranquilo de mi voz no llegará a ustedes. No importa me seguirán oyendo. Siempre estaré junto a ustedes, por lo menos mi recuerdo será el de un hombre digno que fue leal con la patria. El pueblo debe defenderse, pero no sacrificarse. El pueblo no debe dejarse arrasar ni acribillar, pero tampoco puede humillarse.

Trabajadores de mi patria: tengo fe en Chile y su destino. Superarán otros hombres el momento gris y amargo, donde la traición pretende imponerse. Sigan ustedes sabiendo que, mucho más temprano que tarde, se abrirán las grandes alamedas por donde pase el hombre libre, para construir una sociedad mejor.

¡Viva Chile, viva el pueblo, vivan los trabajadores!

Estas son mis últimas palabras, teniendo la certeza de que el sacrificio no será en vano. Tengo la certeza de que, por lo menos, habrá una sanción moral que castigará la felonía, la cobardía y la traición.

SALVADOR ALLENDE Santiago de Chile11 de septiembre de 1973

viernes, septiembre 11, 2009

Allende: Del entierro secreto al Funeral Oficial



Viernes, 11 de Septiembre de 2009 00:49

Hermes H. Benitez (Canadá) / Piensa Chile
Introducción: Los verdaderos propósitos de secreto y ocultamiento perseguidos por los golpistas, tanto del entierro mismo como de los restos del Presidente Allende en el Cementerio Santa Inés, pueden percibirse con gran claridad en los siguientes cinco hechos que se han ido revelando con el correr del tiempo...

1. El traslado del cuerpo y la sepultación se realizaron en completo secreto y bajo absoluto control militar; 2. No se permitió a Hortensia Bussi ver el cuerpo de su marido; 3. No se permitió a la familia la colocación de ninguna placa o inscripción recordatoria con el nombre del líder popular en el Mausoleo de los Grove; 4. No se entregó a la familia ningún documento certificando su muerte; 5. y como si esto no fuera suficiente, para asegurar el absoluto secreto y el olvido, no se dejó ninguna constancia en los registros del Cementerio de que allí se hubiera enterrado a

Salvador Allende.

A. El entierro secreto:


El entierro secreto del Presidente según el comandante Sánchez:
“Los restos del Presidente Allende compartieron, de algún modo, el mismo destino que gran parte de las víctimas [de la dictadura]. Tuvo una tumba semiclandestina por casi dos décadas, después de que el 12 de septiembre

Me ordenaron que me presentara al Hospital Militar para retirar el cuerpo del Presidente y llevarlo al aeropuerto de Los Cerrillos. Todos entendían que yo debía hacerlo. Y yo entendía lo mismo, era su edecán –asegura el comandante Roberto Sánchez.

Toque de queda en todo Chile. Sólo patrullas militares se divisan en las calles y helicópteros rastrean desde lo alto. Flamean las banderas en casas y departamentos de los que saludan con alegría el golpe militar. Algunos las ponen por temor. Donde no hay bandera, la sospecha marca con tinta invisible a los moradores. La delación de los vecinos sería, para muchos, el primer peldaño para terminar en los campos de concentración del Estadio Nacional o del Estadio Chile.

Cuando el edecán aéreo llega a retirar el cuerpo del Presidente, en la guardia del Hospital Militar le informan que salió hace pocos minutos, custodiado por tanquetas de Carabineros: “Ordené al chofer que avanzara lo más rápido posible. Ibamos de uniforme, en un vehículo de la Fuerza Aérea, pero no podíamos correr mucho aunque las calles estuvieran vacías. Había muchos controles militares. En la Plaza Italia, los soldados me informaron de tanquetas que habían pasado poco antes. Unas habían seguido [por] Alameda abajo. Otras habían doblado por Vicuña Mackenna hacia el sur. Opté por intentar alcanzar al segundo grupo. No pude”.

En la pista de Los Cerillos, el DC 3 está con los motores en marcha. No, el ataúd del Presidente aún no ha llegado, le informan al edecán. Pocos minutos después, aparece el sombrío cortejo. Hace frío. O quizás no tanto, pero el edecán recuerda que sintió frío. No recuerda, en cambio, en qué vehículo venía el féretro. Sólo sabe que miró el ataúd y ordenó a los soldados que ayudaran a bajarlo para luego subirlo al avión. Las tanquetas de Carabineros custodiaban la operación.

Los minutos pasaban, algunos oficiales decían que se debía despegar de inmediato y el comandante Sánchez tenía la vista fija en el acceso a la pista. Estaban allí, en silencio, grupo aparte, cabizbajos, los sobrinos Eduardo y Patricio Grove, junto con un sobrino nieto de apenas diecisiete años, Jaime Grove. Rodeaban a Laurita Allende, la adorada hermana del Presidente. ¿Por qué no llegaba la Primera Dama?
Temí cualquier cosa. Hice todo lo posible para calmar el apremio del piloto, tratando de ganar tiempo para que la señora Tencha pudiera llegar. Fue un inmenso alivio verla aparecer. Lamentablemente, las hijas no pudieron llegar – relata el comandante Sánchez.

-A mis hijas no les dieron salvoconducto y, por lo tanto, no podían salir a la calle para tratar de llegar al aeropuerto. Ese mismo día, en la tarde, Beatriz partió a Cuba. Fue el día más triste de mi vida, recuerda Hortensia Bussi de Allende.
Pegados al fuselaje gris, amarrados por cinturones a los estrechos asientos de recto respaldo, los dolientes se guardan el dolor muy adentro. El fuselaje del avión suena, durante el despegue, como si fuera a partirse en dos. Y ya en el aire los crujidos del metal semejan lamentos. Los lamentos que la familia no emite en presencia de los uniformados. Frente a todos, en el piso, el ataúd. Y sobre el ataúd, el multicolor chamanto que envolvió su cuerpo sangrante en La Moneda. ¿Cómo es que ese chal llegó hasta ahí? Hay objetos que se transforman en intocables, como si los alcanzara lo más recóndito del temor a la muerte y al misterio del más allá. Como si algo del Presidente se hubiera quedado atrapado entre las hebras. Y el chal sigue allí, junto al cuerpo mutilado, para acompañarlo en la tumba.

-Quiero estar segura que vamos a enterrar a Salvador. Quiero verlo –dijo la viuda cuando el féretro salió del avión en la pista de la base aérea de Quintero.
-Imposible, está terminantemente prohibido abrir el ataúd –le contestó el oficial.
-Señora Tencha, confíe en mí, yo lo vi y es el Presidente -terció el edecán aéreo, mintiendo.
No podía permitir que ella lo viera. Me habían dicho que la cabeza estaba destrozada, que la mitad superior de la cabeza había volado con los disparos. No podía verlo”, explicó el comandante Sánchez.
Un carro funerario de la Armada y dos automóviles esperan en la pista. En un auto, la viuda, el edecán aéreo y Eduardo Grove, En el otro, Laura Allende, Patricio y Jaime Grove. Recorrido rápido hasta el cementerio Santa Inés, en Viña del Mar. Es la orden que recibieron los choferes del mínimo cortejo.
¬¬¬Las calles estaban vacías. Ni un alma a la vista. Recuerdo haber visto que algunas ventanas se abrían, haber divisado algún rostro tras los vidrios. Nada más –dice la viuda.
Los enterradores esperan en la puerta [del cementerio] y cargan la urna sobre el carro metálico de transporte. Olor a sal y yodo del frío mar de Chile trae la brisa que se levanta desde el poniente. Un olor que el Presidente parecía saborear, en grandes bocanadas, cada vez que llegaba al Palacio Presidencial del Cerro Castillo. Como si reconociera ese olor salino del aire de su primera inspiración en el puerto de Valparaíso.

Ahora, muy cerca de su ciudad natal, el cortejo se detiene frente al sobrio mausoleo de la familia Grove.(1) Es una tumba subterránea cubierta por una lápida de mármol blanco. Ya está abierta. No hay más que silencio como himno de despedida. El silencio lo dice todo. Cada uno escucha lo que debe escuchar. El ataúd baja hasta uno de los nichos y, al ser encajado por uno de los enterradores, se desliza con dificultad. Es un sonido hueco, son de muerte.
Un puñado de tierra toma la viuda y lo lanza a la tumba. La hermana, los sobrinos y el edecán aéreo hacen lo mismo. Los uniformados a cargo de la custodia observan en silencio. Hortensia Bussi camina unos pasos y coge unas pocas flores de la planta más cercana.
Que sepan que aquí yace el Presidente constitucional de Chile –dice, al tiempo que las lanza a la tumba...”.
Reproducido del libro de Patricia Verdugo, Interferencia Secreta, pp. 192-196.

El relato de Hortensia Bussi del entierro secreto.


El día 13 de septiembre, mientras se encontraba asilada en la Embajada de México en Santiago, la viuda del Presidente relata al periodista Manuel Mejido, del periódico mexicano Excelsior, cómo se enteró de la muerte de Allende, la manera hostil como la trataron los militares, y los detalles del entierro secreto:

“El otro día [miércoles 12 de septiembre] me avisaron por teléfono que Salvador se encontraba en el Hospital Militar y que estaba herido. Me dirigí allá y aunque me identifiqué plenamente, los soldados me negaron la entrada. Después hablé con un general que me recibió con estas palabras: “Señora, fui amigo de Salvador Allende. Le expreso mi más sentido pésame”. Entonces supe que había muerto.

Me prometió este general, cuyo nombre no conozco, un jeep y un oficial para que me acompañara al campo aéreo del Grupo 7 de las Fuerzas Aéreas de Chile, donde me dijeron que tenía que dirigirme. Pero después salió otro general que tampoco conozco, y simplemente me dijo que viajara en mi auto, porque no había disponibles ni vehículos ni soldados. Decidí viajar en el pequeño automóvil de mi sobrino Eduardo Grove Allende. En el campo aéreo me dijeron que el cadáver de Salvador estaba a bordo de un avión de la Fuerza Aérea. Antes de abordarlo hablé por teléfono con mi hija Isabel, pero no pudo acompañarme porque le faltaba su salvoconducto.
Subí al avión. Imagínese el cuadro que vi: Un ataúd en el centro, cubierto con una frazada militar, y a los lados, Patricio Grove, mi otro sobrino, y Laura Allende, la hermana de Salvador. Me acompañaron también el edecán Roberto Sánchez y Eduardo Grove. Volamos hacia Viña del Mar. El avión descendió en la Base Aérea de Quintero. El vuelo fue sin tropiezos, suave. Después bajaron a Salvador.

Pedí verlo, tocarlo, pero no me lo permitieron... Me dijeron que la caja estaba soldada. En dos automóviles, siguiendo al furgón, fuimos hasta el Cementerio Santa Inés. La gente nos miraba extrañada. No sabían de quién se trataba, ni de quién era el cadáver que iba en el furgón. Había una gran cantidad de soldados y de carabineros, como si se esperase una multitud. Las cinco personas que acompañábamos a Salvador caminamos en silencio hasta la cripta familiar, donde enterramos hace un mes a Inés Allende, la hermana de Salvador, que había muerto de cáncer.

Volví a insistir en ver a mi marido. No me lo permitieron, pero levantaron la tapa [del ataúd] y descubrí una sábana que lo cubría. No supe si eran los pies o la cabeza. Me dieron ganas de llorar. Los oficiales me impidieron que lo viera. Volvieron a repetirme que el ataúd se encontraba soldado. Entonces dije al oficial que me acompañaba, en voz alta: “Salvador Allende no puede ser enterrado en forma tan anónima. Quiero que ustedes sepan por lo menos el nombre de la persona que están enterrando”. Tomé unas flores y las arrojé a la fosa y dije: “Aquí descansa Salvador Allende, que es el Presidente de la República, y a quien no han permitido que ni su familia lo acompañe”.
Tomado de Robinson Rojas, Estos mataron a Allende, pp. 40-41. Se trata del texto de una entrevista telefónica del 14 de septiembre de 1973, hecha a Tencha Bussi por periodistas mejicanos, mientras se encontraba asilada en la Embajada de México en Santiago. Ha sido reproducida en su totalidad en el libro de Camilo Taufic, Chile en la hoguera 1973, pp. 81 a la 84.

B. El Funeral Oficial.
“Por un día la memoria de[l Presidente Allende] ocupó las candilejas, para luego dar paso al silencio concertado, al olvido pactado”.
Alejandra Rojas

Diecisiete años después de su inhumación clandestina en el Cementerio Santa Inés de Viña del Mar, el día 4 de septiembre de 1990, se realizó la resepultación de los restos mortales del Presidente; lo que se dio en denominar sus “Funerales Oficiales”, cuyo carácter y detalles es necesario recordar y examinar en el contexto de este estudio, porque arroja luz sobre la actitud ambivalente, tanto del Partido Socialista en el gobierno, como del resto de sus aliados de la Concertación, y en especial del Partido Demócrata Cristiano, hacia la figura y el legado moral, político e histórico de Salvador Allende.

En primer lugar, tendríamos que decir que las exequias del Presidente realizadas aquel día no tuvieron un carácter popular, como podría haberse esperado, tratándose de la figura máxima de la izquierda chilena, sino que ellas fueron conscientemente diseñadas como una ceremonia oficial, solemne y elitista. Oficial porque fueron organizadas, realizadas y controladas hasta en sus últimos detalles, por el gobierno de Patricio Aylwin, enemigo jurado de la Unidad Popular; solemne porque se les dio a las ceremonias un carácter que hubiera correspondido más bien al de un político católico y burgués, que a un librepensador y un socialista; y elitista porque calculadamente no se permitió la libre y espontánea participación del pueblo en la ceremonia. Esto se consiguió no sólo centrando los funerales en torno al programa oficial y los invitados extranjeros (más de un centenar y medio), sino además impidiendo que la gente marchara tras el cortejo,(2) o pudiera acercarse al vehículo que transportaba la urna durante su viaje al Cementerio, el que en la mayor parte de su trayectoria (tanto en Viña del Mar como en la Ruta 68, y en Santiago), se desplazó a gran velocidad, en vez de hacerlo lentamente, como es tradicional.(3) Curiosamente, la palabra española ‘funeral’ se originó en el término latino ‘funeralis”, que significa, precisamente eso cuya realización no fue permitida en este caso, es decir, una “procesión”. Y como si lo anterior no bastara, se cerraron al pueblo las puertas del cementerio durante la ceremonia oficial (realizada en su plazoleta), y se lo apaleó como en los peores tiempos de la dictadura , ante el menor intento de éste de romper el masivo cerco policial tendido en su entorno.(4)

Al darle a la resepultación de los restos del Presidente Allende el carácter de un Funeral Oficial, el gobierno de la Concertación, presidido por el católico Aylwin, se comprometía de antemano con algunas opciones. En primer lugar, implicaba realizar el sepelio por medio de una ceremonia funeraria católica, lo que evidentemente equivalía a no tomar en cuenta para nada las creencias de Allende, quien fue desde su juventud un marxista convencido y un activo masón desde 1935. Por lo poco que trascendió en la prensa de aquellos días, se ve que varios personeros de la masonería chilena se movilizaron en aquella oportunidad con el fin de poder participar en las ceremonias oficiales, y tal vez, conseguir que se sepultara al Presidente de acuerdo al rito funerario masónico.(5) Que esto fue así lo demuestra el tenor de la respuesta negativa, consignada por la prensa, que la propia diputada Isabel Allende, les dio a los representantes de la Gran Logia, al replicarles, “...que de acuerdo con la más profunda tradición chilena corresponde a la Iglesia Católica organizar los actos de responso en los casos de fallecimiento de ex Presidentes de la Republica”.(6) De manera que a la Gran Logia de Chile no le quedó otra opción que contentarse con una solución de consuelo, es decir, efectuar una ceremonia fúnebre privada, “sin el cuerpo presente del mandatario”, la que se realizó el mismo 4 de septiembre de 1990 a las 19 horas, en su templo principal de la calle Marcoleta 659, con la concurrencia de más de 600 masones de las distintas logias de Santiago y otros ciudades.(7)

Pero Allende no sólo fue en vida un no creyente y un masón, sino que además se había suicidado, lo que ponía a la Iglesia ante un espinudo problema teológico (y hasta de derecho canónico), porque para la teología cristiana el suicidio es un pecado, moralmente una forma de asesinato, dado que nadie sino Dios, puede legítimamente poner fin a la residencia de un alma en esta tierra. La salida que se encontró para este “intríngulis teológico” fue tan simple como efectiva: guardar el más completo silencio ante estos hechos. De allí que en el responso leído aquel día por el Arzobispo de Santiago, Monseñor Carlos Oviedo Cavada, en la Catedral Metropolitana, no se hiciera la menor referencia, ni siquiera velada, al suicidio del Presidente Allende.(8)

Pero la izquierda y la coalición gobiernista no sólo hicieron sentir su particular actitud ante el hombre, el político y el legado del Presidente muerto, sino que el propio Patricio Aylwin se encargó de hacer explícito el carácter contradictorio y ambivalente de la situación, en el discurso central de la ceremonia oficial realizada en la plazoleta del Cementerio (haciéndose acreedor a una generalizada rechifla de parte de aquellos que fueron dejados fuera del recinto), en cuyos pasajes más representativos manifestó lo siguiente:

“Se equivocan y causan daño quienes quieren hacer de este acto o ver en él un motivo o pretexto para reavivar [viejas] querellas. Honrar a un difunto no es un acto de proselitismo, ni puede ser ofensa para nadie.

Como todo el país sabe, yo fui adversario político de Salvador Allende [pifias] –¡a aquellos que silban les digo: el único lenguaje en que podemos entendernos es el lenguaje de la verdad!-; eso no me impidió respetarlo como persona, reconocer sus merecimientos, coincidir en muchas cosas y mantener con él relaciones amistosas. Ello es de la esencia de la vida democrática. Fui severo opositor a su gobierno, lo que tampoco nos impidió –ni a él ni a mí- dialogar en busca de formulas de acuerdo para salvar la democracia.

Debo decirlo con franqueza: si se repitieran las mismas circunstancias, volvería a ser decidido opositor. Pero los horrores y quebrantos del drama vivido por Chile desde entonces nos ha enseñado que esas circunstancias no deben ni pueden volver a repetirse, por motivo alguno. Es tarea de todos los chilenos impedirlo. Y lo impediremos en la medida en que desterremos el odio y la violencia, en que evitemos los sectarismos ideológicos y las descalificaciones personales o colectivas, en que sepamos respetarnos en nuestras diferencias y en que todos acatemos realmente las reglas del juego democrático”.(9) (Destacados nuestros).
En realidad Aylwin no habla aquí el lenguaje de la verdad que retóricamente invoca. En primer lugar porque él no mantuvo nunca relaciones amistosas con Allende y fue un implacable adversario del Presidente y su gobierno. Tampoco le reconoció públicamente a Allende ningún merecimiento, ni siquiera después de muerto, como lo testifican las categóricas declaraciones que hizo con posterioridad al Golpe.

La confirmación oficial de la identidad y del suicidio de Allende:
Durante la segunda semana de septiembre de 1999, es decir, cuando ya se había realizado el funeral oficial, la revista política chilena Análisis dio a conocer por medio de un “Informe Especial”, cuyas conclusiones fueron inmediatamente reproducidas por la prensa mundial, que Allende no había sido asesinado por miembros de las fuerzas militares que penetraron al segundo piso de La Moneda aquella tarde del 11 de septiembre, sino que se había suicidado. La oportunidad de estas tardías “revelaciones” no fue, por cierto, algo puramente casual, pues se las presentó como el resultado de las diligencias realizadas secretamente, la noche del 17 de agosto, en el Cementerio Santa Inés. Es decir, de las operaciones de “exhumación y reducción” de los restos alojados en el Mausoleo de la familia Grove, y de confirmación de su identidad,(10) según se lo describe en el informe firmado por el redactor político de la referida revista, Francisco Martorell. Evidentemente, las palabras ‘exhumación y reducción’ hacen referencia al hecho de que los restos fueron sacados del féretro en que se encontraban y puestos en otro de menor tamaño, siendo finalmente enterrados en la misma sepultura en que habían sido depositados secretamente 17 años antes. Desde allí serían sacados la mañana del 4 de septiembre de 1990, luego de una breve ceremonia, para ser conducidos a toda velocidad al Cementerio General de Santiago.

Pues bien, si se examinan con algún sentido crítico la operación de identificación recién descrita se hace manifiesto que las cosas fueron bastante más complejas de lo que parecieran a simple vista. Porque el desenterramiento tuvo lugar casi a la media noche y en el más estricto secreto. Y por lo que se sabe, aparte del personal del cementerio, sólo estuvieron allí presentes, en calidad de testigos, el Ministro Secretario General de Gobierno, Enrique Correa; el asesor del Ministerio del Interior, Juan Luis Egaña; el abogado Jorge Donoso y Ximena Casarejos, ambos de la Secretaria General de Gobierno. Según “una fuente reservada”, señaló El Mercurio, “en el acto no se hicieron presentes [ninguno de los] familiares del ex Presidente”.(11)
De acuerdo con la información entregada por la pr
ensa, el doctor Patricio Guijón, o Arturo Jirón,(12) habría certificado allí mismo la “autenticidad” del cadáver del ex Presidente, “en la primera oportunidad en que se abre la urna, desde que fue depositada en el Campo Santo de Viña del Mar en 1973”.(13) Sin embargo, no se divulgó el menor detalle, ni el tiempo que habría tomado, este supuesto reconocimiento in situ. No se requiere ser un experto en medicina forense para darse cuenta de las dificultades que entraña el reconocimiento de un cuerpo que ha estado enterrado por 17 largos años. Es igualmente muy curioso que no se haya informado si acaso los restos fueron sometidos a algún tipo de examen o análisis pericial, con el fin de poder determinar tanto la identidad como las causas de la muerte. En cuanto a los testigos, al parecer su única función era, simplemente, dar fe que se trataba de los restos del Presidente, lo que difícilmente pudieron haber estado en condiciones de establecer, sin poseer entrenamiento forense, y sin la realización de peritajes y análisis óseo-dentales o de ADN.
En las líneas finales del informe especial al que nos hemos estado refiriendo, Francisco Martorell resume así las conclusiones de los hechos de aquella jornada: “... el resultado de la exhumación y reducción de los restos del Presidente Allende, según ha trascendido, entre otras evidencias demostró que el cadáver de quien fuera elegido Presidente de Chile el 4 de septiembre de 1970 tenía un orificio en el cráneo que puede corresponder a un disparo de tipo suicida. Los que vieron los restos de Allende y sumaron a ello los antecedentes que tenían están en condiciones de afirmar que Allende se quitó la vida”.

Es manifiesto que las afirmaciones de personas sin nombre, que se apoyarían en antecedentes que no se detallan, carecen del menor valor evidencial y no demuestran nada respecto de la muerte de Allende. A menos que uno esté dispuesto a creer en las conclusiones de quienes “vieron sus restos”, (quienquiera que ellos sean), los que supuestamente habrían contado con ciertos misteriosos antecedentes, de los que tampoco se nos entrega la menor información.

El referido informe especial contiene también una historia, sumamente implausible, que, curiosamente, nadie pareciera haber conocido o mencionado en 17 años. Nos referimos al testimonio de aquellos sepultureros anónimos,(14) quienes, por obra de un verdadero milagro, habrían visto el rostro del Presidente antes de ser enterrado secretamente en 1973. Relata Francisco Martorell que al final de aquel entierro (suponemos que posteriormente a las palabras pronunciadas allí por Tencha Bussi), los sepultureros, “... procedieron a ubicar el ataúd en el bandejón de la tumba de la familia Grove. En ese momento, la tapa superior [del ataúd], sujeta con dos tornillos, posiblemente con los movimientos del viaje, cedió y se abrió. Por espacio de 20 segundos, los sepultureros pudieron ver el rostro de Salvador Allende. `Tenía la barbilla ennegrecida, uno de los ojos desviados y parte del bigote volado. El resto del cuerpo,[que]vimos desde la cintura para arriba, estaba completamente normal’, dijo a Análisis uno de los presentes en la fatídica tarde de septiembre del 73.
[A los sepultureros] no les quedó, a partir de la imagen, ninguna duda de que estaban sepultando al Mandatario depuesto por los militares. Así también lo consignaron en el acta notarial que le entregaron a la familia Allende-Bussi el martes 4 de septiembre de 1990, cuando se exhumaron los restos de Salvador Allende para que fueran trasladados a Santiago. En ella confirmaron que el cadáver enterrado el 12 de septiembre de 1973 era el de Allende. Afirmaron que la tumba fue sellada, la escotilla quedó bajo 30 centímetros de tierra y nunca fue removida en 17 años. La versión de los sepultureros de Allende fue validada durante la exhumación y reducción de los restos, realizada el 17 de agosto pasado, por el ministro Secretario General de Gobierno, Enrique Correa y el médico Arturo Jirón. Ambos confirmaron que se trataba del cadáver de Allende”.(15)
Llama la atención el importante papel(16) que aparecen jugando aquí unos sepultureros innominados, de quienes no se especifica ni siquiera el número, y cuyo dudoso testimonio estaría supuestamente demostrando tres cosas: 1. que los restos enterrados en el mausoleo de los Grove eran efectivamente los de Allende; 2. que éste se habría suicidado, y 3. que no presentaban heridas en el tórax. Pero lo que estira, hasta la ruptura, los límites de la credibilidad de dicha historia, es que todo este supuesto testimonio requiere que uno crea en la veracidad del curioso incidente del desprendimiento de la tapa del ataúd, que habría permitido a los sepultureros ver el rostro y el cuerpo del Presidente. Las preguntas son obvias, ¿dónde se encontraban en ese momento los deudos que no presenciaron esta escena? ¿Por qué nadie había reportado este importante detalle antes? Pero eso no es todo. Recuérdese la parte final del relato que hace Hortensia Bussi del entierro secreto, citada más arriba, donde dice: “Volví a insistir en ver a mi marido. No me lo permitieron pero levantaron la tapa y sólo descubrí una sábana que lo cubría. No supe si eran los pies o la cabeza. Me dieron ganas de llorar. Los oficiales me impidieron que lo viera. Volvieron a repetirme que el ataúd se encontraba soldado”. No parece haber ninguna razón para dudar de la veracidad de estas observaciones hechas por Tencha Bussi hace 17 años . Pero si esto es así, ¿cómo pudieron entonces los sepultureros haber visto el rostro y el torso de Allende, si su cuerpo se encontraba enteramente cubierto con una sábana blanca?

Sin embargo, existen otras razones para no creer en la veracidad de aquel singular relato. Porque, incluso, si aceptáramos como de buena ley la historia de que los sepultureros consiguieron ver el rostro y parte del cuerpo del cadáver de Allende, es manifiesto que es prácticamente imposible poder establecer, mediante una simple inspección de unos pocos segundos (a menos que uno sea un pariente cercano o amigo, y disponga de alguna forma científica de identificación), si los referidos restos eran efectivamente los del Presidente. Tanto es esto así, como lo relatara más arriba el doctor Versin, que la principal razón que habría, según él, impulsado a Pinochet a ordenar la autopsia del cadáver de Allende, habría sido la duda que lo embargaba respecto de la identidad del cuerpo encontrado en La Moneda. Ahora, si es difícil establecer la identidad de una persona muerta por simple inspección de sus restos, puede uno imaginarse cuánto más difícil habría sido poder determinar si éstos correspondían o no a los de un suicida. Aun en el caso que se tratara de un experto forense, porque las heridas provocadas por un arma homicida son, como es obvio, casi indistinguibles de las causadas por un arma suicida. De allí la necesidad de realizar detallados peritajes y exámenes.

En lo referente a la afirmación de que el cuerpo no presentaba heridas en el tórax (detalle de gran importancia para poder desechar la versión de que el Presidente había sido acribillado), lo que los tardíos “testigos” parecieran no haber tomado en consideración en su relato es que los restos de aquél debieron haber presentado varias otras “heridas”, no sólo en su torso, sino también en el cráneo y en el vientre, a consecuencia de la autopsia que se le practicó la noche del 11 de septiembre en el Hospital Militar. Pero, como se ve, los poco perceptivos “testigos” al parecer no se enteraron de que los restos habían sido sometidos a un examen post mortem, puesto que no hacen la menor referencia a las notorias alteraciones de la anatomía normal que se habían producido en el cuerpo por obra de la autopsia; omisión que, por cierto, le resta aun más credibilidad a tan insólito relato.
Demás está decir que, desde una perspectiva científica y crítica, no podemos sino rechazar en su totalidad la historia contada por aquellos sepultureros; la que, evidentemente, no puede ser considerada dentro de una investigacion seria, acuciosa y transparente, de los restos del Presidente, 17 años después de su muerte.
Finalmente, cabría preguntarse, ¿dónde están los resultados de los exámenes forenses, de los análisis óseo-dentales o de las pruebas de ADN a partir de las cuáles se habría confirmado, primero, la identidad de Allende, y luego que éste se habría suicidado? Hasta donde nos ha sido posible establecerlo, parece que estos exámenes nunca se hicieron.(17) Y, sin embargo, a partir de tan insuficientes evidencias ciertas personas vinculadas al gobierno de la Concertación han pretendido extraer conclusiones definitivas acerca de la muerte del Presidente Allende. Así lo hace, por ejemplo, el propio doctor Oscar Soto, en las páginas finales de su libro testimonial, cuando declara: “... las versiones contrapuestas [sobre su muerte] quedaron definitivamente zanjadas, cuando el 17 de agosto de 1990 se realizó la exhumación del cadáver de Allende, que permanecía en la tumba de la familia Grove, en Viña del Mar, comprobándose la naturaleza suicida de las lesiones que le ocasionaron la muerte”.(18)
En realidad la conclusión precedente carece de la fuerza evidencial que parece asignarle el doctor Soto, porque ni él ni nadie nos ha mostrado de qué modo específico se habría comprobado la identidad y el suicidio de Allende, durante o con posterioridad a la operación de exhumación y reducción de sus restos.
Del libro: Hermes H. Benítez, LAS MUERTES DEL PRESIDENTE ALLENDE. Una investigación crítica de las principales versiones de sus últimos momentos, RIL Editores, Chile, 2006

Notas al capítulo 8:
(1) El médico viñamarino Eduardo Grove Vallejos, hermano del coronel Marmaduke Grove (1878-1954), líder máximo de la República Socialista de 1932, era cuñado del Presidente, pues se había casado con su hermana Inés en 1928, con la que tuvieron tres hijos hombres: Eduardo, Patricio y Jorge. De allí que sus restos fueran enterrados en el mausoleo de la familia Grove en el Cementerio de Viña del Mar, pero sin que el nombre del Presidente apareciera indicado allí en parte alguna. Según consigna Juan Gonzalo Rocha, “le correspondió al ex corredor de propiedades Eduardo Grove Allende autorizar la sepultación de su tío en ese mausoleo, después de recibir una llamada del Almirante Patricio Carvajal desde el Ministerio de Defensa”. Allende, Masón, La visión de un profano, nota de la pág. 95.

(2) El día anterior al funeral oficial la superioridad de Carabineros dirigió un comunicado a la población en el que, entre otras cosas, señalaba que el público sería “protegido por rejas para observar el desplazamiento del féretro, pero aclar[aba] que por razones de seguridad no se permitirá al público marchar detrás de éste, salvo [a] las autoridades pertinentes”, y se recalcaba posteriormente que: “... las personas no estarán facultadas para integrarse al cortejo funerario ni a pie ni en vehículos”. Véase: Periódico La Nación, lunes 3 de septiembre de 1990, pág. 2. Cursivas nuestras. No cabe duda que estas órdenes debieron haber provenido del propio Presidente Aylwin, por intermedio de Enrique Krauss, su Ministro del Interior, y del socialista Enrique Correa, su Ministro Secretario General de Gobierno.

(3) La revista derechista Qué Pasa nos da una explicación poco probable de este hecho: “A la entrada de Santiago, inexplicablemente los carabineros [que conducían la carroza con el féretro] aceleraron la marcha..., saltándose la [programada] detención en la puerta de Morandé, por lo que la carroza llegó antes de lo previsto a La Catedral. El gobierno se quejó formalmente después”. Véase: “El último adiós de Allende”, revista Qué Pasa, 5 de septiembre de 2003, edición electrónica.
(4) Nos informa El Mercurio del 5 de septiembre de 1990, que el día anterior Carabineros procedieron a detener a 137 personas, en distintos puntos del centro de Santiago, “a raíz de incidentes menores protagonizados por grupos de manifestantes”.
(5) Según se revelara recientemente, lo mismo intentó hacer la Masonería el día 13 de septiembre de 1973, mediante una gestión ante el general Leigh con el objeto de conseguir que éste autorizara a dicha institución para que realizara un funeral masónico de los restos del Presidente, pero el jefe de la Fuerza Aérea se negó a ello. Así lo informó Jorge Carvajal, Gran Maestro de la Masonería Chilena, el día 12 de diciembre de 2004, en una entrevista que se le hiciera en radio Bío-Bío, de Concepción. Véase: “Junta impidió funeral masó[nico] de Allende”, La Nación, edición electrónica, 13 de diciembre de 2004.

(6) Véase, Diario La Nación, 30 de agosto de 1990.
(7) Véase, Juan Gonzalo Rocha, Op. Cit., pág. 212.
(8) Véase el texto del “Responso”, reproducido en su totalidad en el libro de la Fundación Salvador Allende, titulado:Por la Paz de Chile, Funeral Oficial del ex Presidente de la Republica de Chile, Salvador Allende Gossens, Santiago de Chile, Primavera de 1990. pp. 31 a la 45. De acuerdo con la costumbre católica el nombre del suicida no puede ni siquiera ser pronunciado durante la celebración de los santos misterios, y en la sepultación de su cuerpo deben negársele, incluso, los cantos y oraciones de rigor.
(9) Puede leerse el discurso completo de Aylwin en el libro de la Fundación Salvador Allende antes citado, pp. 78-79. Es revelador de la posición “oficialista” del doctor Soto, que en las páginas iniciales de su libro testimonial, donde se reproducen algunos de los párrafos arriba citados del discurso de Aylwin en el Cementerio General, se omite, entre otras, aquella frase que dice: “si se volviera a repetir las mismas circunstancias volvería a ser decidido opositor”. Y finalmente comenta:”El paso del tiempo permitió a Aylwin asumir sus responsabilidades con honestidad y, para muchos, limpiar su participación en el clima social que precedió al golpe militar”. Oscar Soto, Op. Cit., pág. 48.
(10) Según quedó consignado en la prensa de esos días, este proceso constó de cinco partes: 1. (17 de agosto), exhumación y reducción de los restos del Presidente; 2. confirmación de su identidad; 3. (4 de septiembre), traslado de éstos a Santiago; 4. Funeral oficial ; y 5. entrega de un acta notarial, aquel mismo día, a la familia Allende Bussi.

(11) Véase: El Mercurio, 17 de agosto de 1990.
(12) De acuerdo con la revista Análisis el médico que ofició de testigo habría sido Arturo Jirón, según El Mercurio, Patricio Guijón, y según La Nación un ser inexistente llamado “Patricio Jirón”. La opinión de este autor es que, efectivamente, se trató del doctor Arturo Jirón, a quien se lo puede ver junto a los familiares del Presidente en algunas de las fotografías tomadas durante el funeral oficial. (Véase:, Fundación Salvador Allende, Op. Cit., foto de la pág. 113). La confirmación definitiva de la participación del doctor Jirón en esta operación la vinimos a encontrar, posteriormente, en una de las tres fotografías que acompañan al artículo de Ximena Galleguillos titulado “Los misterios nunca contados de la tumba de Allende en Santa Inés”, que figura en la página 11 de la revista Siete +7, del 12 de septiembre de 2003. Allí puede verse a Jirón, junto a Enrique Correa y a otros cuatro funcionarios del cementerio viñamarino, la noche de la exhumación de los restos de Allende. Lo curioso es que estas fotos, así como los detalles más importantes de aquella operación nocturna, no vinieron a hacerse públicos sino 13 años después de ocurridos los hechos. ¿Por qué? Lo desconocemos, pero la pregunta es perfectamente válida, pues apunta a una irregularidad más de una operación llena de sombras y misterios. Tan importante es el relato de estos hechos para la argumentación desplegada en el presente capítulo, que me veo obligado a reproducirlo a continuación casi en su totalidad: “Cerca de la medianoche, una caravana de vehículos llegó a Viña del Mar. La encabezaba el ministro secretario general de Gobierno, Enrique Correa; el doctor Arturo Jirón, encomendado por la familia para reconocer los restos; Javier Luis Egaña y Ximena Casarejos [directora de la Fundación Teletón], encargados del funeral oficial; Jorge Donoso, a cargo de los trámites legales para la exhumación y posterior traslado; funcionarios del Instituto Médico Legal y el administrador de[l cementerio] Santa Inés, Carlos Salvo. El camarógrafo Pablo Salas y el fotógrafo Jesús Inostroza captaron todas las imágenes de esa noche.
Hacía frío. Nadie cruzó palabra. El grupo de panteoneros comenzó a cavar. El Ministro Correa cada cierto tiempo miraba el cielo.
-Ese momento fue el más emocionante de toda mi vida. Ver su ropa... su chaleco- dice hoy Enrique Correa.
Sólo bajaron al mausoleo el doctor Jirón, Salas e Inostroza. Apenas se descubrió el ataúd, el ex ministro de salud de Allende se puso pálido. Temieron que se fuera a desmayar por lo que Salas orientó rápidamente el micrófono a Jirón y le preguntó: ‘Doctor ¿es él?, ¿es Allende?
-Si es él, -respondió Jirón, trémulo.
-Los vidrios rotos del féretro, producto del intento de robo, estaban intactos sobre su pecho. Se podía ver la chaqueta de tweed, el suéter, los zapatos y los calcetines. No tenía los anteojos. No sé por qué pensé que podían estar ahí -relató a Siete+7 uno de los testigos.
Hicieron la reducción, lo introdujeron en un “féretro como corresponde”, dice Morales[uno de los sepultureros] y lo volvieron a depositar en la tumba de los Grove en espera de su funeral oficial, a principios de septiembre de 1990.
-Todo esto impacta mucho –dice Morales con los ojos húmedos.
“A los pocos días –recuerda el mismo Morales- un abogado del Ministerio del Interior nos pidió concurrir a una notaría para que dejáramos un testimonio firmado. Una especie de constancia para la familia de que todo se hizo como procedía”. (Art. Cit., pág. 11.)
Al parecer, en esto habría consistido todo el proceso de identificación de los restos de Allende y la confirmación de su suicidio: en una simple mirada, de unos cuantos segundos, del doctor Jirón, quien, recordemos, ni siquiera había visto al Presidente muerto en el Salón Independencia. Es evidente que el doctor Guijón hubiera sido un mucho mejor testigo de este reconocimiento, por haber presenciado, desde la puerta del Salón Independencia, el suicidio del Presidente, y, en segundo término, por haber sido el único que posteriormente ingresó al recinto, permaneciendo allí hasta la llegada de los militares. Es importante que los lectores comprendan que de lo que aquí se trata es de poder determinar, con el más alto grado de certeza posible, si efectivamente aquellos restos correspondían a los del Presidente, y si éste se había suicidado. Es cierto que el doctor Jirón, así como cualquiera de los otros “testigos” de aquel reconocimiento, pudieron haber “identificado” a Allende aquella noche, pero este tipo de reconocimientos no podían sino ser insuficientes cuando se trataba de establecer, científicamente, algo histórica y políticamente tan importante. Otra cosa es, claro está, sostener que aquí se habría confirmado el suicidio de Allende.
Con posterioridad los lectores podrán comprender también el significado de aquellos “vidrios rotos” a los que se alude en el relato de la periodista de Siete+7. Otra información importante consignada en este artículo es la presencia (hasta hora desconocida) de un alto jefe de la Armada en el entierro secreto: “A la distancia observaba el contralmirante Adolfo Walbaum, recién nombrado Intendente de la Quinta Región”. (pág. 10.)
(13) Revista Análisis, Año XIII Nº 348, “El Suicidio de Allende”, pág. 32.
(14) Los nombres de los sepultureros serían revelados, solo trece años más tarde, en el artículo de Ximena Galleguillos recién citado en la nota Nº 11. Se trataría de Luis Almuna, Hugo Guzmán Cáceres, Héctor Hurtado Navarrete, Pedro Tremún Puyol y Sergio Morales Carvajal. Para que no quedara ninguna duda al respecto, la periodista escribe al pie de la foto que se incluye en la página 10 del artículo: “Los panteoneros que enterraron a Allende en el Cementerio Santa Inés fueron los mismos que redujeron sus restos a mediados de agosto de 1990, días antes de su funeral oficial”. Lo más revelador de las recientes declaraciones de estos testigos, es que ellos parecieran haberse olvidado completamente de la historia original en la que el féretro del Presidente aparece abriéndose súbitamente; la que aquí es reemplazada por el relato, aun más increíble, de un supuesto intento de robo de sus restos por parte de partidarios desconocidos, nada menos que el mismo día de su inhumación secreta. Operación que no habría llegado a consumarse al ser sorprendidas estas personas por fuerzas militares que custodiaban el Cementerio Santa Inés. Según cuenta Sergio Morales: “Los militares lograron recuperar el ataúd quebrada abajo. Cuando lo trajeron de vuelta vi que estaba desclavado y el vidrio que le protegía su cara se había roto. Al parecer, no quedó bien sellado por el apuro en cumplir el trámite(¿). El féretro llegó de vuelta a la tumba en muy mal estado, recuerda”. (Art. Cit., pp. 9 y 10.) (Cursivas nuestras).
La misma historia del robo del féretro volvió a aparecer, en términos esencialmente semejantes, en un artículo, firmado por Jesús Inostroza, y publicado en La Nación electrónica al año siguiente, el 12 de septiembre de 2004, bajo el título de “Desenterrando la historia. El día que exhumaron el cuerpo de Salvador Allende”, al pie del cual se adjuntaban siete fotografías de los restos tomadas aquella noche, en ninguna de las cuales se muestra la pieza ósea fundamental: el cráneo. A propósito de esto se dice en el artículo lo siguiente: “En el cajón se veían los restos color óxido de un hombre que se reconocía sólo por unos zapatos negros clásicos, una huesuda y apretada mano, y unos restos de vidrio en el pecho. Lo que correspondía a la cabeza, sólo eran huesos hundidos y pelo”. Al parecer se trata de una observación personal de Jesús Inostroza, quien participó como fotógrafo la noche del 14 de agosto de 1990 en que se hizo la exhumación y reconocimiento.
Es cuanto a las historias de supuestos robos e identificaciones “extraoficiales” de los restos mortales del Presidente, es una verdadera vergüenza que publicaciones serias puedan dar fe y se presten para legitimar este tipo de fabulaciones. Género ficcional que ha encontrado otros cultivadores, según nos refiere Diana Veneros en las páginas finales de su estudio biográfico sobre el líder popular. Allí se reproduce un artículo publicado en la desaparecida revista Análisis, de septiembre de 1987, en el que se contiene el supuesto testimonio de una militante de la UP, quien, oculta tras el pseudónimo de Ana Vergara, habría declarado que “ella y algunos vecinos vieron el funeral a distancia. Para estar seguros de que era el Presidente quien había sido enterrado allí, ella y otras personas fueron al cementerio, desenterraron furtivamente el ataúd y vieron el cuerpo”. Véase: D. Veneros, Allende. Un ensayo psicobiográfico, Santiago, Editorial Sudamericana, pág. 419.
(15) Revista Análisis, Nº 348, pp. 31 y 32.
(16) Esto resulta confirmado por el hecho de que el relato de los sepultureros fue oficializado en un documento legal. Según cuenta la periodista Ximena Galleguillos: “A los pocos días –recuerda el mismo [Sergio] Morales [Carvajal, uno de ellos]- un abogado del Ministerio del Interior nos pidió concurrir a una notaría para que dejáramos un testimonio firmado. Una especie de constancia para la familia de que todo se hizo como procedía”. Artículo citado, pág. 11.
(17) He aquí una muestra del modo como trascendió al extranjero la noticia de aquella “confirmación”, tanto de la identidad de los restos extraídos del Cementerio Santa Inés, como del suicidio del Presidente: “Durante años las circunstancias que rodearon la muerte de Allende fueron un punto de discusión política e histórica. ... Tras la restauración de la democracia en 1990, la familia de Allende determinó resolver la polémica y permitió que se efectuara un examen forense de sus restos. Los expertos llegaron a la conclusión de que, antes de rendirse, Allende se suicidó de un tiro en el momento en que los soldados rodeaban su despacho”. Peter Kornbluh, Los EEUU y el derrocamiento de Allende, Una historia desclasificada, Santiago de Chile, Ediciones B/Grupo Z, 2003, nota Nº 10 a la pág. 125. Cursivas nuestras. Como puede apreciarse, el autor norteamericano está equivocado en los tres aspectos principales de este hecho: 1. La iniciativa no parece haber provenido de la familia Allende-Bussi, la que ni siquiera estuvo presente en la exhumación nocturna de sus restos, sino de la Concertación y del gobierno de Aylwin; 2. No se tiene conocimiento de que se realizara ningún peritaje forense de aquellos restos en 1990; y 3. Allende no se quitó la vida “en los momentos en que los soldados rodeaban su despacho”, sino antes de que éstos hubieran ingresado al segundo piso de La Moneda.
(18) Oscar Soto, Op. Cit., pág. 142. Fueron muchos los que aceptaron como suficiente la confirmación del suicidio del Presidente en aquella oportunidad. He aquí un ejemplo egregio: “La hija del extinto presidente chileno Salvador Allende, la hoy diputada Isabel Allende Bussi, confesó haber tardado 17 años en admitir que su padre se suicidó y no fue asesinado durante el golpe que lo derrocó e instaló la dictadura del general Augusto Pinochet (1973-1990)”. .... “Me convencí (del suicidio) el año 90 cuando mi padre fue exhumado (para trasladarlo de tumba), precisó la diputada”. Véase: El Mercurio, domingo 17 de agosto de 2003. A la luz de nuestras investigaciones esta conclusión se revela, sin embargo, como infundada. Porque no hay modo de que Jirón (incluso si hubiera logrado reconocer al Presidente aquella noche), hubiera podido determinar mediante una simple inspección de sus restos, que aquél se había suicidado 17 años antes. Creemos haber sacado a la luz las verdaderas pruebas que demostrarían, más allá de toda duda, este hecho.